jose villa
Poeta que considera el portal su segunda casa
el viejo era el único cliente aparte de mí en aquel bar
a las afueras de cuautla y el viento soplaba
y se oía como si llevara voces de gente o el sonido de piedras
que arrastra la corriente de un río en la crecida
y el viejo me miraba de soslayo y tenía marcada
en cada arruga de la cara la derrota y el olvido
"tengo dos hijas nuevecitas, cabrón"
no había ningún otro bar en todo el pueblo
y ya era de noche y hacía frío y detrás de la barra
el cantinero dormitaba envuelto en un jorongo
deshilachado y mugroso y había una vela
resguardada de las corrientes de aire por un cartón
abierto por dos lados donde decía "ven al sabor de marlboro"
"allá están solitas en la casa las cabronas"
las sombras y el sonido del viento y el frío
el ruido de las piedras retumbando corriente abajo
los murmullos quejumbrosos de los muertos
el viejo hablando de la piel suave y sedosa de sus hijas
aquel puto brebaje alcohólico que el cantinero llamaba pulque
y encima de todo el eterno y mortecino vaho de la soledad
"te las cambio por un vaso de pulque, hijo de tu puta madre"
después de tomarnos el pulque salimos a la calle
el viejo trastabillaba y se agarraba a los hombros de los muertos
las ráfagas de viento abrían bocas sin dientes en la oscuridad
y una risa sorda y sepulcral resbalaba por los tejados de las casas
y nos envolvía como sudarios de hielo y escarcha
y yo sudaba de frío y de algo parecido a la demencia
"la casa está detrás de la iglesia"
la puerta era de madera y el viejo la abrió de un empujón
adentro hacía más frío que en la calle y olía a humedad
y a tiempo muerto y cuando el viejo encendió un ocote
vi a las hijas nuevecitas de piel sedosa y suave tendidas
sobre un camastro de hierro en una esquina del cuarto
sus mustias cabelleras como raíces suspendidas de sus decrépitos cráneos
"me las quedo de vuelta por otro vaso de pulque, hijo de la chingada"
a las afueras de cuautla y el viento soplaba
y se oía como si llevara voces de gente o el sonido de piedras
que arrastra la corriente de un río en la crecida
y el viejo me miraba de soslayo y tenía marcada
en cada arruga de la cara la derrota y el olvido
"tengo dos hijas nuevecitas, cabrón"
no había ningún otro bar en todo el pueblo
y ya era de noche y hacía frío y detrás de la barra
el cantinero dormitaba envuelto en un jorongo
deshilachado y mugroso y había una vela
resguardada de las corrientes de aire por un cartón
abierto por dos lados donde decía "ven al sabor de marlboro"
"allá están solitas en la casa las cabronas"
las sombras y el sonido del viento y el frío
el ruido de las piedras retumbando corriente abajo
los murmullos quejumbrosos de los muertos
el viejo hablando de la piel suave y sedosa de sus hijas
aquel puto brebaje alcohólico que el cantinero llamaba pulque
y encima de todo el eterno y mortecino vaho de la soledad
"te las cambio por un vaso de pulque, hijo de tu puta madre"
después de tomarnos el pulque salimos a la calle
el viejo trastabillaba y se agarraba a los hombros de los muertos
las ráfagas de viento abrían bocas sin dientes en la oscuridad
y una risa sorda y sepulcral resbalaba por los tejados de las casas
y nos envolvía como sudarios de hielo y escarcha
y yo sudaba de frío y de algo parecido a la demencia
"la casa está detrás de la iglesia"
la puerta era de madera y el viejo la abrió de un empujón
adentro hacía más frío que en la calle y olía a humedad
y a tiempo muerto y cuando el viejo encendió un ocote
vi a las hijas nuevecitas de piel sedosa y suave tendidas
sobre un camastro de hierro en una esquina del cuarto
sus mustias cabelleras como raíces suspendidas de sus decrépitos cráneos
"me las quedo de vuelta por otro vaso de pulque, hijo de la chingada"
Última edición: