Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Una y otra vez en medio de mi madurez aparece y de nuevo toca las fibras de mis sentidos hasta que pierdo la razón y una vez mas comienzo a morir prematuramente.
Lo justo sería que ya que hemos caminado juntos en tantos valles, en tantas calles, en algunos patíbulos y nos hemos encerrado en algunos locales, en varios hostales, en las recamaras alumbradas con velas o cirios en donde me da por escribir una y otra vez desde la primera vida en la que encubrí que mi alma se repetiría de forma continua hasta que, aquel que reparte y empata las almas con los cuerpos, se olvidara de mi.
Lo único nuevo es que después de tantos cientos de años ya conozco su actuar, ya intuyo los vientos de huracán de sus alas que levantan todo el polvo, toda ilusión, cientos de esperanzas, ya conozco el sigilo de sus pasos, el aire tibio de su aliento en mi nuca, su forma de espiar sobre mis hombros cuando escribo en la mesita maldiciones y conjuros para que lo alejen de mis carnes, de mis huesos, que haga caso de mis oraciones, que deje ésta vez por fin morir en paz a mi alma.
Pero siempre es lo mismo, no hay manera de esconderme, de alejarme, de pedir perdón o de arrodillarme y que me de clemencia, más tarde que temprano, cuando ya casi siento que la he librado, aparece el suave perfume de alma, la música de su voz, el encanto que tiene sobre mi razón su mirada.
No comprendo por qué siempre caigo, siempre le volteo a ver con los ojos cerrados como enamorado a sabiendas de que es cuando mas daño me hace, siempre me acerco sin remedio a sus brazos y cuando me tiene a un aliento de distancia abro los ojos -es como si despertara- y salgo huyendo de sus labios.
Nunca, en ninguna vida he tenido el valor de dejar que sus labios me besen, yo, como todo el mundo, sabe que los ángeles cuando besan en la boca le funden a uno los labios como si fueran de cera, como grasa, como hielo, como el amor que como disculpa sólo dice; adiós…
En esta vida, lo juro, he sido un total gandaya, un maldito ( oh, ¡demonios! ahora lo comprendo todo, ahora comprendo mi error, después de todo, con mi actuar, sigo siendo el mismo maldito) un paria sin oficio ni beneficio para que ningún ángel y menos éste, sepa de mi existencia, desde la infancia desterré de mi conciencia a mi ángel de la guarda, no porque él tuviera algo que ver, sino por precaución.
Juro por todas las promesas que jamás se han cumplido sobre la faz de la tierra que estoy harto, cansado de verle, juro que le daría mis ojos a los críos para que los rodaran por el piso, para que los entierraran, para que jugaran o los estrellaran contra la pared en un arrebato propio de la infancia, o pondría a doler, si se pudiera, mi hígado sobre cualquier jacaranda hasta que los cuervos se alimentaran.
Pero siempre es lo mismo, me encuentra y me seduce con palabras hermosas, palabras que hablan de mi inteligencia, de mi capacidad, de la sabiduría que cargo sobre las espaldas; palabras huecas. Qué paradoja, alimenta mi ego con el dulce veneno del halago que me trago, que me alimenta.
Cuando me encuentra, cuando me acorrala, cuando sabe que me tiene a su merced, desnuda su alma ante mis ojos y hace que me mire en su mirada verde de mar en calma, ría como idiota ante su sonrisa como anzuelo de medialuna, se las ingenia para que mi razón desfile ante su cuello ausente de manzana y de su piel de leche miel y nata, y me refresque con el leve batir de sus alas, sus alas a las que les falta la pluma con la que escribo, la pluma que le arrebaté hace cuatro o cinco vidas ¿Quién no caería seducido en los brazos de alguien tan así, tan de fiar?.
Nunca se ha quitado la ropa ante mí, los ángeles no tienen sexo y la gente, los mortales y yo, sólo vemos las prendas que queremos ver cubriendo su carne de luz, nosotros somos los que, haciendo la fiesta y la gala a las moralinas, les vestimos para el pesar de todas y cada una de nuestras perversiones.
Después lo de siempre; le abrazo con los ojos cerrados, acaricio sus hombros, el nacer de sus alas, el nacer de sus nalgas, y cuando acaricio el nacer de su sexo mueve su cuerpo para depositar en mis labios el beso que fundirá los míos sin remedio, yo me niego, da dos pasos atrás, sonríe, da la vuelta y se va volando dejando tras de si todo el polvo de mis angustias que se deposita en mis ojos y se vuelve lodo y después concreto y después ya no puedo volver a llorar hasta la próxima vida.
Lo único bueno de su visita, si es que así se le pueda decir, es que después de que se va, después de que los vientos de sus alas se calman siento la pesadez del mundo en los lagrimales, el dolor de todas las soledades posibles en la parte izquierda de mi pecho y me dejo ir a menos hasta que mi cuerpo deja de moverse, hasta que mis ojos se llenan de tierra nueva y se cierran, mi lengua se hincha al grado de obligar a mi mandíbula a abrirse de una forma estúpida, la piel se me pone verde y siente como los gusanos entran y salen por las fosas nasales, muerden la cuenca de los ojos, el ombligo, y engullen cada parte de lo que fue mi cuerpo hasta que dejan solo excremento sobre el polvo, ¿y mi alma?, mi alma tomará turno en espera de repetirse en un cuerpo nuevo que de nuevo me lleve a la espera de este maldito ángel tan bello.
Due®31.05.12 en una media tarde en la que el azul del cielo es tan profundo que medita acerca de la noche y es tan profundo su pensar que no mira a la luna que a medio día se ve en su cielo tierna, triste, melancólica y que también espera la llegada de la noche
Nota 1.
-Oye ¿Puedo usar tu baño?
-Pásale, pero disculpa el tiradero es que ayer tuvimos sesión de fotos para Facebook
Nota 2.
Iba de regreso a mi casa y una chica desnuda en bicicleta se detiene frente a mi y me dice "Toma lo que quieras" y… pues aquí me tiene estrenando bicicleta.
Nota 3.
-¡Hijo! ¿estás bien?
-Zi m4mii, Z0lo me p3gUe 3N mii kabezhitap.
-¡Dios mío¡ ¡LLAMEN LA AMBULANCIA, ESTE ADOLESCENTE QUEDÓ IDIOTA!
Lo justo sería que ya que hemos caminado juntos en tantos valles, en tantas calles, en algunos patíbulos y nos hemos encerrado en algunos locales, en varios hostales, en las recamaras alumbradas con velas o cirios en donde me da por escribir una y otra vez desde la primera vida en la que encubrí que mi alma se repetiría de forma continua hasta que, aquel que reparte y empata las almas con los cuerpos, se olvidara de mi.
Lo único nuevo es que después de tantos cientos de años ya conozco su actuar, ya intuyo los vientos de huracán de sus alas que levantan todo el polvo, toda ilusión, cientos de esperanzas, ya conozco el sigilo de sus pasos, el aire tibio de su aliento en mi nuca, su forma de espiar sobre mis hombros cuando escribo en la mesita maldiciones y conjuros para que lo alejen de mis carnes, de mis huesos, que haga caso de mis oraciones, que deje ésta vez por fin morir en paz a mi alma.
Pero siempre es lo mismo, no hay manera de esconderme, de alejarme, de pedir perdón o de arrodillarme y que me de clemencia, más tarde que temprano, cuando ya casi siento que la he librado, aparece el suave perfume de alma, la música de su voz, el encanto que tiene sobre mi razón su mirada.
No comprendo por qué siempre caigo, siempre le volteo a ver con los ojos cerrados como enamorado a sabiendas de que es cuando mas daño me hace, siempre me acerco sin remedio a sus brazos y cuando me tiene a un aliento de distancia abro los ojos -es como si despertara- y salgo huyendo de sus labios.
Nunca, en ninguna vida he tenido el valor de dejar que sus labios me besen, yo, como todo el mundo, sabe que los ángeles cuando besan en la boca le funden a uno los labios como si fueran de cera, como grasa, como hielo, como el amor que como disculpa sólo dice; adiós…
En esta vida, lo juro, he sido un total gandaya, un maldito ( oh, ¡demonios! ahora lo comprendo todo, ahora comprendo mi error, después de todo, con mi actuar, sigo siendo el mismo maldito) un paria sin oficio ni beneficio para que ningún ángel y menos éste, sepa de mi existencia, desde la infancia desterré de mi conciencia a mi ángel de la guarda, no porque él tuviera algo que ver, sino por precaución.
Juro por todas las promesas que jamás se han cumplido sobre la faz de la tierra que estoy harto, cansado de verle, juro que le daría mis ojos a los críos para que los rodaran por el piso, para que los entierraran, para que jugaran o los estrellaran contra la pared en un arrebato propio de la infancia, o pondría a doler, si se pudiera, mi hígado sobre cualquier jacaranda hasta que los cuervos se alimentaran.
Pero siempre es lo mismo, me encuentra y me seduce con palabras hermosas, palabras que hablan de mi inteligencia, de mi capacidad, de la sabiduría que cargo sobre las espaldas; palabras huecas. Qué paradoja, alimenta mi ego con el dulce veneno del halago que me trago, que me alimenta.
Cuando me encuentra, cuando me acorrala, cuando sabe que me tiene a su merced, desnuda su alma ante mis ojos y hace que me mire en su mirada verde de mar en calma, ría como idiota ante su sonrisa como anzuelo de medialuna, se las ingenia para que mi razón desfile ante su cuello ausente de manzana y de su piel de leche miel y nata, y me refresque con el leve batir de sus alas, sus alas a las que les falta la pluma con la que escribo, la pluma que le arrebaté hace cuatro o cinco vidas ¿Quién no caería seducido en los brazos de alguien tan así, tan de fiar?.
Nunca se ha quitado la ropa ante mí, los ángeles no tienen sexo y la gente, los mortales y yo, sólo vemos las prendas que queremos ver cubriendo su carne de luz, nosotros somos los que, haciendo la fiesta y la gala a las moralinas, les vestimos para el pesar de todas y cada una de nuestras perversiones.
Después lo de siempre; le abrazo con los ojos cerrados, acaricio sus hombros, el nacer de sus alas, el nacer de sus nalgas, y cuando acaricio el nacer de su sexo mueve su cuerpo para depositar en mis labios el beso que fundirá los míos sin remedio, yo me niego, da dos pasos atrás, sonríe, da la vuelta y se va volando dejando tras de si todo el polvo de mis angustias que se deposita en mis ojos y se vuelve lodo y después concreto y después ya no puedo volver a llorar hasta la próxima vida.
Lo único bueno de su visita, si es que así se le pueda decir, es que después de que se va, después de que los vientos de sus alas se calman siento la pesadez del mundo en los lagrimales, el dolor de todas las soledades posibles en la parte izquierda de mi pecho y me dejo ir a menos hasta que mi cuerpo deja de moverse, hasta que mis ojos se llenan de tierra nueva y se cierran, mi lengua se hincha al grado de obligar a mi mandíbula a abrirse de una forma estúpida, la piel se me pone verde y siente como los gusanos entran y salen por las fosas nasales, muerden la cuenca de los ojos, el ombligo, y engullen cada parte de lo que fue mi cuerpo hasta que dejan solo excremento sobre el polvo, ¿y mi alma?, mi alma tomará turno en espera de repetirse en un cuerpo nuevo que de nuevo me lleve a la espera de este maldito ángel tan bello.
Due®31.05.12 en una media tarde en la que el azul del cielo es tan profundo que medita acerca de la noche y es tan profundo su pensar que no mira a la luna que a medio día se ve en su cielo tierna, triste, melancólica y que también espera la llegada de la noche
Nota 1.
-Oye ¿Puedo usar tu baño?
-Pásale, pero disculpa el tiradero es que ayer tuvimos sesión de fotos para Facebook
Nota 2.
Iba de regreso a mi casa y una chica desnuda en bicicleta se detiene frente a mi y me dice "Toma lo que quieras" y… pues aquí me tiene estrenando bicicleta.
Nota 3.
-¡Hijo! ¿estás bien?
-Zi m4mii, Z0lo me p3gUe 3N mii kabezhitap.
-¡Dios mío¡ ¡LLAMEN LA AMBULANCIA, ESTE ADOLESCENTE QUEDÓ IDIOTA!
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