a los 13
Raima midió con su lengua la longitud de mi ID erecto,
escupió entre sus pechos un poco de esa tinta
con la que minutos antes
me dibujara un par de consignas en el cuello
y así
me sacudió entre esas dos tormentas de mayo
hasta que la salpiqué con faltas de ortografía
los ecos postizos de la hoz y el martillo
y la invitación que la península de mi cintura le extendía
para que continuara conquistándola infancia adentro.
a los 16
Raima se fue a bolina
y nos dejó con una sombra chaplinesca debajo de la nariz
sobreviviendo a la conga kamikaze del sol
a las primeras meteduras de pata de las que fue cómplice Neruda
y a aquellos alcoholes que en su facetas más tiernas
te prometían una resaca con sabor a bohemia
o el compartir bostezos
con una putica que cupiese en las rimas de Sabina.
digamos
que ella voló porque pudo
o porque para eso nos criaron.
a los 20
la historia clínica de Raima me cayó en las manos
pesando unas treinta sonrisas de menos
los rastros de una lactancia
que precipitó con violencia toda primavera
y un par de tajos en las muñecas
por los que exhalaba el ruido blanco
y las rodillas en tierra de nuestra generación.
esquizofrenia
dijo la cobardía de bata blanca
mientras yo
abiéndola el espejo de todos
de un beso me armé un torniquete
y callamos juntos
en honor a que ella no me reconocía
ni recordaba que alguna vez
ciertos retazos de nuestros cuerpos
fueron unidades de medida.
a Raima, y ojalá que aun este viva.
Raima midió con su lengua la longitud de mi ID erecto,
escupió entre sus pechos un poco de esa tinta
con la que minutos antes
me dibujara un par de consignas en el cuello
y así
me sacudió entre esas dos tormentas de mayo
hasta que la salpiqué con faltas de ortografía
los ecos postizos de la hoz y el martillo
y la invitación que la península de mi cintura le extendía
para que continuara conquistándola infancia adentro.
a los 16
Raima se fue a bolina
y nos dejó con una sombra chaplinesca debajo de la nariz
sobreviviendo a la conga kamikaze del sol
a las primeras meteduras de pata de las que fue cómplice Neruda
y a aquellos alcoholes que en su facetas más tiernas
te prometían una resaca con sabor a bohemia
o el compartir bostezos
con una putica que cupiese en las rimas de Sabina.
digamos
que ella voló porque pudo
o porque para eso nos criaron.
a los 20
la historia clínica de Raima me cayó en las manos
pesando unas treinta sonrisas de menos
los rastros de una lactancia
que precipitó con violencia toda primavera
y un par de tajos en las muñecas
por los que exhalaba el ruido blanco
y las rodillas en tierra de nuestra generación.
esquizofrenia
dijo la cobardía de bata blanca
mientras yo
abiéndola el espejo de todos
de un beso me armé un torniquete
y callamos juntos
en honor a que ella no me reconocía
ni recordaba que alguna vez
ciertos retazos de nuestros cuerpos
fueron unidades de medida.
a Raima, y ojalá que aun este viva.
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