Entré en la habitación. Me senté enfrente de él. No había ninguna barrera entre nosotros (ninguna mesa, ninguna pantalla, ninguna altura). Y miré sus ojos, y ellos miraron los mios, y en el transcurso de un largo periodo de tiempo nuestros ojos siguieron mirándose, sin ningún interludio, ninguna pausa incomoda, ningún momento asfixiante. Sus ojos, como el mar, eran profundos, transmitían paz. Los labios se movían, hablaban, los cuerpos se movían ligeramente, la puerta se abría, se cerraba. Pero mis ojos permanecían quietos, ipnotizados, por aquellos otros ojos enigmáticos y sedantes.