Uriel

Robsalz

Poeta que considera el portal su segunda casa
Que se apiade Dios de mis pecados,
las siete trompetas anunciando mi juicio final,
Amán, Caín y Herodías, guardianes de mis recados,
y mi lengua blasfema en lucha con el bien y el mal.

Mis pecados los recitan las doce tribus,
un cadáver lleva su alma todavía a cuestas,
sin ritos sagrados ni un Ángelus
es pecado mortal congraciarse con mis muletas.

La función de medianoche está por comenzar,
con boletos agotados, pidiendo mi muerte,
ni siquiera el Infierno me quiere acompañar
así que mi alma está echada a la suerte.

La vida que escogí fue eso, una elección,
una votación sin sentido del humor,
escucho los buitres pidiendo mi corazón
y mis manos tiemblan enterradas sin valor.

¿Acaso la noche no es tan digna de confianza?
o es que los constantes ataques no van a acabar,
en la cárcel donde habito no existe fianza
y mi paseo por el pasillo comienza a aclarar.

Mi última cena es un guisado de almas,
mi alma no la desinfecta ni Dios,
pedí las luces apagadas para estar en calma
esta noche bendita con sabor a prisión.

“Por el poder que me otorgan Dios y la ley
y luego de haber cumplido con su tiempo,
llevaremos a cabo su ejecución, Uriel,
encomendando, si lo merece, su alma
al rey de los firmamentos”.
 

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