¿Para qué atormentarse en la luz
de los metales precisos?
¿Para qué en mentalizar
las fragancias del intelecto?.
¿Es porque esta interiorización
irradia una ternura
que no encontramos en el diálogo?.
Esto es lo cierto: nuestras mentes
ya no muestran la empatía de antaño,
cuando acostumbrábamos en pensar
lo inmarcesible del amor,
allá, en el envés de la caricia;
cuando precipitábamos nuestros sentidos
en la forma sublime del agua
- descubriendo los misterios de su volumen -
para diluir todas las inquietudes de la sangre.
Todo sería más intuitivo
si, acostumbrados a pensar,
pensásemos en lo límpido
que es este cielo nuestro
para nuestras cavilaciones;
si en el molde cóncavo de la razón
obtuviésemos la convexidad de su propia inmanencia
de la que intuir, lo ingrávido y liviano del ser.
Acaso sea utopía del pensamiento el afirmar,
que cada sentimiento es una idea
que niega sus propios artificios,
que se despoja de todo cuanto la hace vanidosa
para mostrarse así: desnuda y prístina ante elhombre,
a la intemperie de su entraña
de los metales precisos?
¿Para qué en mentalizar
las fragancias del intelecto?.
¿Es porque esta interiorización
irradia una ternura
que no encontramos en el diálogo?.
Esto es lo cierto: nuestras mentes
ya no muestran la empatía de antaño,
cuando acostumbrábamos en pensar
lo inmarcesible del amor,
allá, en el envés de la caricia;
cuando precipitábamos nuestros sentidos
en la forma sublime del agua
- descubriendo los misterios de su volumen -
para diluir todas las inquietudes de la sangre.
Todo sería más intuitivo
si, acostumbrados a pensar,
pensásemos en lo límpido
que es este cielo nuestro
para nuestras cavilaciones;
si en el molde cóncavo de la razón
obtuviésemos la convexidad de su propia inmanencia
de la que intuir, lo ingrávido y liviano del ser.
Acaso sea utopía del pensamiento el afirmar,
que cada sentimiento es una idea
que niega sus propios artificios,
que se despoja de todo cuanto la hace vanidosa
para mostrarse así: desnuda y prístina ante elhombre,
a la intemperie de su entraña