Vaca decapitada.

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Poeta recién llegado
La sangre, el olor de la sangre. Antes le desagradaba, le llenaba de asco sentir ese aroma
pegajoso y metálico deslizándose viscosamente por su nariz. Eso era antes de ayer, antes de ver
la muerte, la degradación. De sentir su odio pulsante contra toda la humanidad. Fue el dolor o tal
vez el aburrimiento lo que empezó todo, lo que le hizo finalmente tomar la decisión y matar.
Empezar a matar porque sí, ¿por qué no? Sin porqués. En la primera muerte cerró los ojos, los
apretó con furia. Con fuerza el chorro de sangre caliente le bañó la cara y le hizo vomitar. Entre
suaves babas que escupía desde la garganta, se fue deshaciendo de su primer asco superado. No
se ocupó de ocultar el cadáver, la idea es que la encontraran. Que todos supieran, que nadie
quedara impune de saber su odio, su resentimiento, sus ganas de matarlos a todos. Con esas
manos que corrían frenéticamente buscando una y otra vez el instante de la última pulsación, ese
movimiento mecánico de golpear y golpear y golpear y seguir golpeando. Alzar el brazo,
descargarlo con rabia y sentir la entrada dura al cráneo. Un día completo, una tarde que pasa en
horas a golpes de martillo, una noche que viene lenta como la sangre que va haciendo charcos por las
tablas de madera en el establo, un desmayo que le viene dejándole la negrura de un sábado
abandonado entre tanta muerte.

Al día siguiente despierta con tejidos secos pegados en el cabello lacio, castaño. Al
levantarse siente entre sus dientes blancos una blanda flema que aún sabe a vómito. Su cara
duele por haber dormido en el suelo. Se levanta y toma de nuevo el martillo. Camina y encuentra
a una más, es, quizá, la hora del desayuno. Entonces, vuelve el movimiento y ahí nota que le
duelen los hombros de tanto levantar el brazo y dejarlo caer con fuerza. Por un instante considera
cambiar de mano, por enésima vez para seguir matando. Quiere exponerles sus sesos y
encontrarse ahí. Se revuelve dentro de su piel y se fluye, se asquea de gloria. Va otra y sigue una
más. Ninguna hace un ruido siquiera, no se resisten tampoco. Seguramente han aprendido que lo
que les ha pasado a las otras, les vendrá también. Que es inevitable. ¿Por qué no? Él ahora es
Dios. Es El Creador y, por tanto, El Que Destruye. Pero no, las está construyendo, les está dando
un verdadero sentido. El arte de reordenar lo que la naturaleza creó en nuevas formas, en nuevos
acomodos. Crujiendo, rompiendo, desgranando, desangrando, odiando, odiando, odiando. Y
queriendo odiar más, poder odiar más, poder liberar más de todo el odio universal en cada una,
en cada golpe. Quiere degradarse, desgraciarse en su visión de recrearlo todo. Otro golpe de
martillo, un chorro caliente más a su cara y una nueva obra caliente. Le rompe la piel con el filo
del saca clavos, repta los dedos por la columna vertebral, siente los tejidos, se mete entre su
carne, la odia por dentro con tanto amor que no es capaz de hacerle daño alguno. La ama con su
odio, la baña así, con suavidad. Con ternura aprieta fuertemente su testa sacudiendo de un lado a
otro hasta escuchar un crack suavecito que termina por romper las vértebras del cuello,
desprendiéndole la cabeza. La mira, con los ojos fijos, abiertos, mirándolo pero sin mirar. Y ahí
se siente feliz, se siente realizado en su venganza. Es la última, ha terminado y también lo han
terminado. Nunca escuchó a Macario, el encargado de ordeñar las vacas, entrar al establo,
contemplarlo bañado en sangre y salir corriendo, gritando; tampoco escuchó a su propio padre
entrar con la escopeta, mirarlo sacudiendo el testuz de esa última vaca con las manos y mucho
menos sintió el tiro en la nuca ni se vio caer con la cabeza de aquella última entre las manos,
muriendo con la sonrisa del deber cumplido. Ya no se mira en el suelo, temblando ligeramente
con los últimos espasmos de vida que se le escapa por cada pulsación de su corazón traicionero
que sigue latiendo hacia afuera su sangre. Ya no se mira en el establo con doscientas vacas, todas
ricamente reorganizadas, luego de haberlas matado a todas en doscientos espasmos de odio y
destrucción. Sólo queda allá, lejos de sus manos que la odiaron tanto, que la amaron tanto, la
última cabeza, la final, la de los ojos fijos.

Dedicado a Beheaded Cow. Pintura de Damien Hirst.
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