VACÍO
La sagrada soledad consolidó ya sus frutos,
la bóveda se hizo carne y yo habité en sus entrañas
como un extraño dolor, como una llama.
Era la soledad la monodia de mis días.
Creaciones y recreaciones de los dioses y sus brillos
alucinaban mis noches, oscurecían mis días;
y las flores se iban alejando río abajo,
pero siempre, yo soñaba, me quedará el puente.
Ese puente redentor de la angustia de estar vivo,
el puente que salvó a Celan de ser mediocre.
Bajo el puente, aguas negras y un abismo
y las flores que, ajenas a mi destino, se alejaban.
Dentro, en la impasible soledad, ya no estaban los espejos,
aquellos mis yoes falaces que no sufrían ni soñaban.
Dentro, junto a mi soledad impasible, la luz se hacía más densa
y se atenuaban los ecos de mis palabras vacías.
Y la nueva realidad brilló como un fuego fatuo:
dentro de esa bóveda última la soledad no existía,
era yo un dorado coleóptero, inmóvil en un universo frío,
un Sísifo irredimible del que nacía el vacío.
La sagrada soledad consolidó ya sus frutos,
la bóveda se hizo carne y yo habité en sus entrañas
como un extraño dolor, como una llama.
Era la soledad la monodia de mis días.
Creaciones y recreaciones de los dioses y sus brillos
alucinaban mis noches, oscurecían mis días;
y las flores se iban alejando río abajo,
pero siempre, yo soñaba, me quedará el puente.
Ese puente redentor de la angustia de estar vivo,
el puente que salvó a Celan de ser mediocre.
Bajo el puente, aguas negras y un abismo
y las flores que, ajenas a mi destino, se alejaban.
Dentro, en la impasible soledad, ya no estaban los espejos,
aquellos mis yoes falaces que no sufrían ni soñaban.
Dentro, junto a mi soledad impasible, la luz se hacía más densa
y se atenuaban los ecos de mis palabras vacías.
Y la nueva realidad brilló como un fuego fatuo:
dentro de esa bóveda última la soledad no existía,
era yo un dorado coleóptero, inmóvil en un universo frío,
un Sísifo irredimible del que nacía el vacío.
Última edición: