nube blanca
Poeta que no puede vivir sin el portal
En una vieja mansión vivían dos damas entradas en años, adineradas, pero el tener tantas riquezas las aburría, todo lo tenían, menos lo que ellas deseaban: un apuesto caballero en sus vidas. Eran agraciadas en fortuna, pero en ellas habitaba la envidia y la avaricia.
A su servicio tenían una sirvienta, que era una joven y bella dama. Sin tener nada de riquezas, solo dulzura y un gran corazón, con las dos ricachonas vivía encarcelada y en la miseria.
Un día llegó un apuesto varón, Eduardo, para preguntar si podían cobijarlo esa noche, no faltándoles tiempo para decir que no se preocupara por nada. Al llegar la hora de cenar, le prepararon su cubierto en la mesa y esperaron el festín.
Una de ellas, en voz alta, decía: -¡Margarita!, trae la comida y que no falte el vino. De pronto apareció la sirvienta y Eduardo se quedó boquiabierto ante tal belleza; se cruzaron las miradas y algo nació entre ellos. Las dos vivarachas, al ver todo lo que estaba ocurriendo, tramaron hacer un brebaje para terminar con lo que supuestamente no había empezado todavía.
Esa misma noche pusieron en marcha su plan. Al día siguiente, Margarita vio una infusión, le extrañó y le dio un sorbo para probarlo; pensó que era un nuevo licor de las señoras y lo puso en la botella preferida de ellas. Pasaron los días y en la ausencia de Eduardo, la doncella cayó enferma.
Al poco tiempo se presentó de nuevo para visitar a su amada, pero las ricachonas le comentaron que enfermó, falleciendo, y la enterraron en la colina.
Eduardo, lleno de tristeza, se dirigió a la tumba de Margarita entre llantos y rezos. -¡Estaba desconsolado! -Notó cómo alguien le ponía la mano en su hombro, se dio la vuelta y vio a su amada.- ¡No es posible! ¡Estás muerta, mi amor!- Ella le contestó: - No, Eduardo, estoy viva, descubrí la trama de esas mujeres y me adelanté a ellas, bebiéndose su propio veneno.
Por lo tanto, con quien has hablado... ha sido con su propia muerte.
Tere B.O
22-05-203
22-05-203