yomboki
Poeta que considera el portal su segunda casa
De nuevo hasta el cansancio
me muevo en abyectos laberintos
me como a bocanadas
los garfios del instinto
y renazco vagabundo-absuelto
en la sabana roñosa de un burdo amanecer.
De nuevo
empiezo,
comprendo que los sentimientos
no se tatúan con palabras
y que una caricia puede ser un balazo
que en la distancia
apaga el foco sereno
de nuestra absurda ferocidad
y tomo el teléfono
y te despierto
vacilante,
es probable que no sientas
ni el frió de tus pies
ni el mercurio de tus palabras
viperinas y asfixiadas
en racimos de otras caricias
que pongan freno
a suicidas de papel.
Soy un soldado fisher price
de finales de los sesentas.
Y tu falda esconde la respuesta
a tantas dudas asiladas en mis dedos,
un viejo sax me recuerda que hace veinte
tenias dieciséis y que eras
sensualmente ilegal,
comprensiva y complaciente
danzando en dedos mas entrenados que los míos.
De nuevo hasta el cansancio,
y no paro de contar
los pliegues de tu ombligo,
dos o tres kilos màs por tu cintura
y tres besos caducados
que guardas en el desván de lo perdido,
inventario de lo prohibido.
Después te levantas,
despeinada y desolada,
arrugas tu ropa
para que no se te olvide que has estado aquí
y recoges tus pasos de la cama hasta la puerta
haciendo escalas en el baño
y en el tocador.
Yo observo tu maquillaje
rodeándote la piel,
masco un adiós,
me vuelvo a casa,
arreglo un portafolios por inercia.
Comienzo a sentir
que veinte años después
es mas despiadada la ausencia
de las colegialas
que hoy llegaron a los treinta.
Pienso en ti y me convenzo
que en tu cubil
estarás haciendo orgías
de pan y mermelada.
Tendré que comulgar con un café,
me muevo en abyectos laberintos
me como a bocanadas
los garfios del instinto
y renazco vagabundo-absuelto
en la sabana roñosa de un burdo amanecer.
De nuevo
empiezo,
comprendo que los sentimientos
no se tatúan con palabras
y que una caricia puede ser un balazo
que en la distancia
apaga el foco sereno
de nuestra absurda ferocidad
y tomo el teléfono
y te despierto
vacilante,
es probable que no sientas
ni el frió de tus pies
ni el mercurio de tus palabras
viperinas y asfixiadas
en racimos de otras caricias
que pongan freno
a suicidas de papel.
Soy un soldado fisher price
de finales de los sesentas.
Y tu falda esconde la respuesta
a tantas dudas asiladas en mis dedos,
un viejo sax me recuerda que hace veinte
tenias dieciséis y que eras
sensualmente ilegal,
comprensiva y complaciente
danzando en dedos mas entrenados que los míos.
De nuevo hasta el cansancio,
y no paro de contar
los pliegues de tu ombligo,
dos o tres kilos màs por tu cintura
y tres besos caducados
que guardas en el desván de lo perdido,
inventario de lo prohibido.
Después te levantas,
despeinada y desolada,
arrugas tu ropa
para que no se te olvide que has estado aquí
y recoges tus pasos de la cama hasta la puerta
haciendo escalas en el baño
y en el tocador.
Yo observo tu maquillaje
rodeándote la piel,
masco un adiós,
me vuelvo a casa,
arreglo un portafolios por inercia.
Comienzo a sentir
que veinte años después
es mas despiadada la ausencia
de las colegialas
que hoy llegaron a los treinta.
Pienso en ti y me convenzo
que en tu cubil
estarás haciendo orgías
de pan y mermelada.
Tendré que comulgar con un café,
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