Raúl Donoso P.
Poeta que considera el portal su segunda casa
Deseo hacer el quite a la pobreza,
más no sé si la pobreza,
quiere alejarme de su lado,
esmero en sortear y dejarle el paso,
más se empecina de incrustarse en mi camino.
Sueño con poner vendas en mis ojos
pues duele verle pasar delante,
más sugiere que revise mis lienzos,
que de tul se han diseñado,
dejando pasar la luz que ensordece mis tripas.
Pongo antiparras en mi cabeza
temiendo ver lo que ocurre al lado,
más me envía gemidos de sus huesos,
retumbando alaridos de estreñimiento,
rechinando dientes desgastados,
para que mis piernas tiemblen
y caigan exacto al lado,
donde había olvidado que yacía inerte.
Enlodo mi hiel,
para que no reconozcas mis formas
y camine silente debajo de puentes,
aconsejando dormir siestas,
hasta que comience la noche
y propongas delirios entumidos,
con alacenas repletas de enseres,
que jugosas calientan las fauces,
de quienes muerden repleta la panza.
Insisto en que te alejes de mis manos,
que frías y agrietadas se han quedado
y dolorido haces daño en mis labios,
por balbucear que no existas en mi barrial,
pues dueles hasta las palabras,
que calladas hurgan siniestras por salir del alma,
atándome con tiras que ciñes,
para escuchar tu grito lánguido y cansando,
de perderte junto a mi en este canto,
aunque su sonido se envuelva con mortajas indiferentes...
más no sé si la pobreza,
quiere alejarme de su lado,
esmero en sortear y dejarle el paso,
más se empecina de incrustarse en mi camino.
Sueño con poner vendas en mis ojos
pues duele verle pasar delante,
más sugiere que revise mis lienzos,
que de tul se han diseñado,
dejando pasar la luz que ensordece mis tripas.
Pongo antiparras en mi cabeza
temiendo ver lo que ocurre al lado,
más me envía gemidos de sus huesos,
retumbando alaridos de estreñimiento,
rechinando dientes desgastados,
para que mis piernas tiemblen
y caigan exacto al lado,
donde había olvidado que yacía inerte.
Enlodo mi hiel,
para que no reconozcas mis formas
y camine silente debajo de puentes,
aconsejando dormir siestas,
hasta que comience la noche
y propongas delirios entumidos,
con alacenas repletas de enseres,
que jugosas calientan las fauces,
de quienes muerden repleta la panza.
Insisto en que te alejes de mis manos,
que frías y agrietadas se han quedado
y dolorido haces daño en mis labios,
por balbucear que no existas en mi barrial,
pues dueles hasta las palabras,
que calladas hurgan siniestras por salir del alma,
atándome con tiras que ciñes,
para escuchar tu grito lánguido y cansando,
de perderte junto a mi en este canto,
aunque su sonido se envuelva con mortajas indiferentes...