musador
esperando...
A Eduardo Carpio
Conocí poco a Valeria: alguna vez vino a casa con Vero, mi hija, buscando una partitura; eran compañeras en el conservatorio del pueblo, aunque Vero estudia flauta y Vale estudiaba piano.
La noticia de su muerte en la ruta impactó a todo el pueblo: conmueve la muerte de una adolescente. Valeria era hija única, vivía con sus padres en una casita de la sierra. Un tiempo después de la pérdida, los padres decidieron donar su piano al conservatorio. Fuimos con José y otro par de amigos a buscarlo, en una camioneta. Fue complicado bajarlo de la colina en que estaba la casa, pero lo logramos.
Al llegar al conservatorio nos recibió una pequeña comitiva: el director, la profesora de piano, algunos alumnos que se acercaron, entre ellos Vero. Habían convocado también a Gregorio, el afinador, para que verificara el estado del piano. Hombre raro este Gregorio...: ruso de nacimiento, habla mal el español y lleva una desgreñada barba cana. Tiene fama de ser muy bueno en su oficio.
Pusimos el nuevo piano al lado del viejo, en el aula de piano. Gregorio lo probó. Todo fue satisfactorio, no había sufrido en el traslado. Cuando Gregorio terminó su tarea la profesora se sentó al piano y tocó unos compases de la Barcarola de Chopin. Al terminar, exclamó:
—¡Ahora sí! ¡Con este piano podremos enseñar!
Se produjo un doloroso silencio. Gregorio la miró con gesto airado, y sin decir nada se dirigió al viejo piano. Acarició levemente sus teclas, se sentó recto en la banqueta, meditó un momento. Los primeros compases de la Appassionata me sonaron como si nunca los hubiera oído. Fueron pocos: Gregorio se encorvó sobre el piano, en silencio. Vero se le acercó y le puso una mano en el hombro. Gregorio volvió la cabeza y la miró entre lágrimas.
—Gracias, maestro —dijo Vero.
Última edición: