Viernes Santo

Luis Á. Ruiz Peradejordi

Poeta que considera el portal su segunda casa



El Viernes Santo puebla la iglesia de San Lorenzo. Sahagún se recoge en un manto de silencio, de miradas apretadas, de vértigo de Pasión que hoy alcanza máximos de dolor.


El Cristo crucificado preside los oficios, que se vuelven solemnes en la liturgia que abarca el sentir colectivo de la villa. Unción en la adoración que, en interminables filas, hacen los fieles. Vida y rito de un existir fecundo, entero y sobrio, como el paisaje que se divisa desde la torre de esta iglesia.


Y el desenclavo. Los cofrades en hábito negro, retiran los clavos y tienden los brazos con dulzura para acoger ese Cristo a quien la muerte, los ojos ha cerrado. Cristo de la Cruz por manos sahagunenses del madero descendido; amorosamente, entrañablemente a la urna conducido. Cristo de la Urna de Sahagún.


Se abre el templo a la tarde, que renuncia al sol para ser noche, y la procesión sale a la calle, al mundo, entre rumor de pasos y pies descalzos de algún ofrecido.


Tras la Urna, la Soledad, la Madre desamparada por un dolor que casi no comprende, que le abrasa ese pecho donde almacena tantos recuerdos. El bueno de Valentín, a la carroza ha hecho grandes faroles, tal vez con el afán de deslumbrar a esa Soledad llorosa y que no repare en la crueldad inmensa con que han tratado a su Hijo.


Cae la oscuridad y el frío sobre Sahagún. Quizá cada corazón sea luz y candela, que acompañe a su Virgen por el silencio de las calles.





 
El Viernes Santo puebla la iglesia de San Lorenzo. Sahagún se recoge en un manto de silencio, de miradas apretadas, de vértigo de Pasión que hoy alcanza máximos de dolor.


El Cristo crucificado preside los oficios, que se vuelven solemnes en la liturgia que abarca el sentir colectivo de la villa. Unción en la adoración que, en interminables filas, hacen los fieles. Vida y rito de un existir fecundo, entero y sobrio, como el paisaje que se divisa desde la torre de esta iglesia.


Y el desenclavo. Los cofrades en hábito negro, retiran los clavos y tienden los brazos con dulzura para acoger ese Cristo a quien la muerte, los ojos ha cerrado. Cristo de la Cruz por manos sahagunenses del madero descendido; amorosamente, entrañablemente a la urna conducido. Cristo de la Urna de Sahagún.


Se abre el templo a la tarde, que renuncia al sol para ser noche, y la procesión sale a la calle, al mundo, entre rumor de pasos y pies descalzos de algún ofrecido.


Tras la Urna, la Soledad, la Madre desamparada por un dolor que casi no comprende, que le abrasa ese pecho donde almacena tantos recuerdos. El bueno de Valentín, a la carroza ha hecho grandes faroles, tal vez con el afán de deslumbrar a esa Soledad llorosa y que no repare en la crueldad inmensa con que han tratado a su Hijo.


Cae la oscuridad y el frío sobre Sahagún. Quizá cada corazón sea luz y candela, que acompañe a su Virgen por el silencio de las calles.





Hice el kinder, la primaria y la secundaria en un colegio católico, y desde mis primeros años, todo el tema de la Pascua se arraigó muy fuerte en mis recuerdos. Creo que las celebraciones, más allá de corresponder a la cultura religiosa de cada país o región en particular, rescatan nuestros más profundos sentimientos.
El Viernes nos recuerda que existen el dolor, el pecado y la injusticia, pero que siempre se puede renacer y pasar de la oscuridad a la luz. Hoy, a mi edad y con mis experiencias, es el concepto que atesoro para esta Semana Santa.
Como siempre, Luis, tus relatos del alma, tus descripciones del mundo exterior vistos desde el corazón de la sensibilidad, llegaron a mis emociones.
Tu manera de contar es conmovedora, no sos un narrador testigo, sino además omnisciente, porque siempre nos estás comunicando lo que les ocurre a los personajes, desde tus palabras de humanidad.

Te envío un abrazo con cariño y admiración.
 
Es una bellísima prosa, por cierto muy descriptiva y guardando la solemnidad de estas fechas que llaman a la sobriedad, a la reflexión, al recogimiento espiritual que nos permite revivir el recorrido de Jesucristo hasta su sepultura, letras muy sensibles que llegan con gran significado amigo Luis, un saludo y gran abrazo.




El Viernes Santo puebla la iglesia de San Lorenzo. Sahagún se recoge en un manto de silencio, de miradas apretadas, de vértigo de Pasión que hoy alcanza máximos de dolor.


El Cristo crucificado preside los oficios, que se vuelven solemnes en la liturgia que abarca el sentir colectivo de la villa. Unción en la adoración que, en interminables filas, hacen los fieles. Vida y rito de un existir fecundo, entero y sobrio, como el paisaje que se divisa desde la torre de esta iglesia.


Y el desenclavo. Los cofrades en hábito negro, retiran los clavos y tienden los brazos con dulzura para acoger ese Cristo a quien la muerte, los ojos ha cerrado. Cristo de la Cruz por manos sahagunenses del madero descendido; amorosamente, entrañablemente a la urna conducido. Cristo de la Urna de Sahagún.


Se abre el templo a la tarde, que renuncia al sol para ser noche, y la procesión sale a la calle, al mundo, entre rumor de pasos y pies descalzos de algún ofrecido.


Tras la Urna, la Soledad, la Madre desamparada por un dolor que casi no comprende, que le abrasa ese pecho donde almacena tantos recuerdos. El bueno de Valentín, a la carroza ha hecho grandes faroles, tal vez con el afán de deslumbrar a esa Soledad llorosa y que no repare en la crueldad inmensa con que han tratado a su Hijo.


Cae la oscuridad y el frío sobre Sahagún. Quizá cada corazón sea luz y candela, que acompañe a su Virgen por el silencio de las calles.




 
El Viernes Santo puebla la iglesia de San Lorenzo. Sahagún se recoge en un manto de silencio, de miradas apretadas, de vértigo de Pasión que hoy alcanza máximos de dolor.


El Cristo crucificado preside los oficios, que se vuelven solemnes en la liturgia que abarca el sentir colectivo de la villa. Unción en la adoración que, en interminables filas, hacen los fieles. Vida y rito de un existir fecundo, entero y sobrio, como el paisaje que se divisa desde la torre de esta iglesia.


Y el desenclavo. Los cofrades en hábito negro, retiran los clavos y tienden los brazos con dulzura para acoger ese Cristo a quien la muerte, los ojos ha cerrado. Cristo de la Cruz por manos sahagunenses del madero descendido; amorosamente, entrañablemente a la urna conducido. Cristo de la Urna de Sahagún.


Se abre el templo a la tarde, que renuncia al sol para ser noche, y la procesión sale a la calle, al mundo, entre rumor de pasos y pies descalzos de algún ofrecido.


Tras la Urna, la Soledad, la Madre desamparada por un dolor que casi no comprende, que le abrasa ese pecho donde almacena tantos recuerdos. El bueno de Valentín, a la carroza ha hecho grandes faroles, tal vez con el afán de deslumbrar a esa Soledad llorosa y que no repare en la crueldad inmensa con que han tratado a su Hijo.


Cae la oscuridad y el frío sobre Sahagún. Quizá cada corazón sea luz y candela, que acompañe a su Virgen por el silencio de las calles.





Qué bonito has relatado ese día, esa procesión donde el dolor se percibe en los fieles. Vas describiendo cada detalle, que hace que el lector pueda imaginar lo que ahí sucede. Brillante, amigo mío.

Un abrazo con cariño.
 
El Viernes Santo puebla la iglesia de San Lorenzo. Sahagún se recoge en un manto de silencio, de miradas apretadas, de vértigo de Pasión que hoy alcanza máximos de dolor.


El Cristo crucificado preside los oficios, que se vuelven solemnes en la liturgia que abarca el sentir colectivo de la villa. Unción en la adoración que, en interminables filas, hacen los fieles. Vida y rito de un existir fecundo, entero y sobrio, como el paisaje que se divisa desde la torre de esta iglesia.


Y el desenclavo. Los cofrades en hábito negro, retiran los clavos y tienden los brazos con dulzura para acoger ese Cristo a quien la muerte, los ojos ha cerrado. Cristo de la Cruz por manos sahagunenses del madero descendido; amorosamente, entrañablemente a la urna conducido. Cristo de la Urna de Sahagún.


Se abre el templo a la tarde, que renuncia al sol para ser noche, y la procesión sale a la calle, al mundo, entre rumor de pasos y pies descalzos de algún ofrecido.


Tras la Urna, la Soledad, la Madre desamparada por un dolor que casi no comprende, que le abrasa ese pecho donde almacena tantos recuerdos. El bueno de Valentín, a la carroza ha hecho grandes faroles, tal vez con el afán de deslumbrar a esa Soledad llorosa y que no repare en la crueldad inmensa con que han tratado a su Hijo.


Cae la oscuridad y el frío sobre Sahagún. Quizá cada corazón sea luz y candela, que acompañe a su Virgen por el silencio de las calles.




Ayyy qué descripción más bella y emotiva de la Semana Santa, concretamente del viernes santo, se vive ese recogimiento, ese sinsabor al recordar tan tristes hechos evangélicos de nuestro Señor. Encantada de leerte mi querido amigo. Muchos besos llenos de cariño y admiración......muááááaacksssss...
 

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