“Príncipe mío,
dueño de mi espíritu
cautivado,
no te vayas a la guerra,
que la sangre y el dolor
harán que te olvides
de lo que es para ti,
sagrado.
Todo perderá su sabor,
incluso nuestros besos
robados.
No partas lejos de mí,
pues si lo haces
como muerto no sepultado,
andaré por las sendas
donde nuestro amor
se hubo ocultado”.
“En tu luz,
yo me muero.
Y aunque en la distancia
me encuentre,
mi bienamada,
mi recuerdo
volverá a ti
como la polilla
al brasero”.
“Entonces, hazlo;
ve y acaba
lo que el destino reclama,
tanto de tu valor
como de tu espada.
Pero luego,
sin tardanza,
entre mis brazos retorna;
en su hueco, descansa,
antes que el dolor
de tu partida
me parta”.
Un último beso
a la doncella le dio,
para envolverse
en su cálido calor,
como coraza protectora,
contra los días de fuego,
acero y sudor,
que aquel enfrentamiento
violento,
le nublará
su conocimiento y razón.
Hubo transcurrido el tiempo,
más de lo que se esperaba,
hasta que el conflicto acabó,
hasta que la sangría cesara,
cuando el príncipe regresó
a su tierra añorada.
Pero ya no era el muchacho
que su corazón entregó.
cínico y frío,
se volvió;
ya apenas recordaba
lo que a ella
le prometió.
Cuando a su lugar secreto,
a su sitio de reunión,
sus pasos volvieron,
y esos ojos,
ahora vacíos,
su figura contemplaron,
no hubo emoción
ni pasión.
Su amante le recibió
como verano renacido
después de invierno
cruel y helado.
Más pronto descubrió
que todo se había trastocado,
que la rehuía
y que un muro
había levantado.
“¡Ay, ya no eres mi amor,
el que su aliento me daba
en el calor de su abrazo!.
Antes de verte partir,
debí ante la muerte
mi frente rendir”.
La muchacha
se apretó con sus manos
el pecho,
mientras unas lágrimas
de sus ojos colgaban,
que por su cuello,
lentamente,
se deslizaban,
hasta que
en sus manos brillaron
y en gélido cristal
las congelaron,
extendiéndose por su cuerpo,
estremecido por el desgarro.
y ante los ojos aterrorizados,
del que fue su cariño,
en estatua de hielo vivo,
quedó.
Su corazón partido
emitió un último latido
en el que se reconocía
que su momento
de vino y rosas,
se había, trágicamente,
extinguido.
dueño de mi espíritu
cautivado,
no te vayas a la guerra,
que la sangre y el dolor
harán que te olvides
de lo que es para ti,
sagrado.
Todo perderá su sabor,
incluso nuestros besos
robados.
No partas lejos de mí,
pues si lo haces
como muerto no sepultado,
andaré por las sendas
donde nuestro amor
se hubo ocultado”.
“En tu luz,
yo me muero.
Y aunque en la distancia
me encuentre,
mi bienamada,
mi recuerdo
volverá a ti
como la polilla
al brasero”.
“Entonces, hazlo;
ve y acaba
lo que el destino reclama,
tanto de tu valor
como de tu espada.
Pero luego,
sin tardanza,
entre mis brazos retorna;
en su hueco, descansa,
antes que el dolor
de tu partida
me parta”.
Un último beso
a la doncella le dio,
para envolverse
en su cálido calor,
como coraza protectora,
contra los días de fuego,
acero y sudor,
que aquel enfrentamiento
violento,
le nublará
su conocimiento y razón.
Hubo transcurrido el tiempo,
más de lo que se esperaba,
hasta que el conflicto acabó,
hasta que la sangría cesara,
cuando el príncipe regresó
a su tierra añorada.
Pero ya no era el muchacho
que su corazón entregó.
cínico y frío,
se volvió;
ya apenas recordaba
lo que a ella
le prometió.
Cuando a su lugar secreto,
a su sitio de reunión,
sus pasos volvieron,
y esos ojos,
ahora vacíos,
su figura contemplaron,
no hubo emoción
ni pasión.
Su amante le recibió
como verano renacido
después de invierno
cruel y helado.
Más pronto descubrió
que todo se había trastocado,
que la rehuía
y que un muro
había levantado.
“¡Ay, ya no eres mi amor,
el que su aliento me daba
en el calor de su abrazo!.
Antes de verte partir,
debí ante la muerte
mi frente rendir”.
La muchacha
se apretó con sus manos
el pecho,
mientras unas lágrimas
de sus ojos colgaban,
que por su cuello,
lentamente,
se deslizaban,
hasta que
en sus manos brillaron
y en gélido cristal
las congelaron,
extendiéndose por su cuerpo,
estremecido por el desgarro.
y ante los ojos aterrorizados,
del que fue su cariño,
en estatua de hielo vivo,
quedó.
Su corazón partido
emitió un último latido
en el que se reconocía
que su momento
de vino y rosas,
se había, trágicamente,
extinguido.