RAMIPOETA
– RAMIRO PONCE ”POETA RAPSODA"
VIVENCIAS DE UN RAPSODA
Proseguiré mi viaje por donde no hay camino
abriendo alguna senda donde pueda acampar,
escapando a la inercia que ha marcado mi sino
con un libro en el brazo venciendo un avatar.
Mi bordón es la pluma en la senda de abrojos,
donde como la angustia de vencer o morir,
basta un papel rugoso que el vendaval me trae,
importa que mis sueños los tenga en que escribir.
Entre letras y letras he formando palabras,
unas van al vacío, otras, se hicieron versos,
con los que por los pueblos voy cantando a una aldeana;
canto a las que me dieron su amor en dulces besos,
también canto a las otras que con sus devaneos,
doblegaron mi orgullo sonrojaron mi cara.
Unos quedan marcados de dolor y zozobra,
enjambre otros han sido de hermosas ilusiones,
unos llevan verdades tatuadas en el alma;
otros, negros zarzales con filos aguijones.
¿Qué amé? Fue con delirio, y recuerdo fue el primero
un libro que de niño compré en algún librero,
han pasado los años, y habrá a quien no le cuadre,
pero ha quedado escrito y con firma de un ateo.
-Yo no dudo de Dios porque lo he visto,
retratado en los ojos de mi madre.
Leí, y guardé mis versos en los bolsillos rotos
que se vayan regando por mi senda adorada,
a ver si así uno llega, a manos de mi amada.
Emulando al Rapsoda que por la antigua Grecia
fue entonando canciones de trocitos homéricos
yo recito vivencias algunas con histeria
pero son como herencia de mis tiempos aquellos.
Como no son rapsodias que las hayan cantado,
espero que en los pueblos me hayan escuchado
por eso es que recorro pequeños arrabales,
alquerías, suburbios, también por la barriada
he bajado a los ríos y en la arena caliente
escuchó el sol, y hablándome dijo de repente:
que mis versos se escuchan con fuerza en la cañada.
Proseguiré mi viaje por donde no hay camino
abriendo alguna senda donde pueda acampar,
escapando a la inercia que ha marcado mi sino
con un libro en el brazo venciendo un avatar.
Mi bordón es la pluma en la senda de abrojos,
donde como la angustia de vencer o morir,
basta un papel rugoso que el vendaval me trae,
importa que mis sueños los tenga en que escribir.
Entre letras y letras he formando palabras,
unas van al vacío, otras, se hicieron versos,
con los que por los pueblos voy cantando a una aldeana;
canto a las que me dieron su amor en dulces besos,
también canto a las otras que con sus devaneos,
doblegaron mi orgullo sonrojaron mi cara.
Unos quedan marcados de dolor y zozobra,
enjambre otros han sido de hermosas ilusiones,
unos llevan verdades tatuadas en el alma;
otros, negros zarzales con filos aguijones.
¿Qué amé? Fue con delirio, y recuerdo fue el primero
un libro que de niño compré en algún librero,
han pasado los años, y habrá a quien no le cuadre,
pero ha quedado escrito y con firma de un ateo.
-Yo no dudo de Dios porque lo he visto,
retratado en los ojos de mi madre.
Leí, y guardé mis versos en los bolsillos rotos
que se vayan regando por mi senda adorada,
a ver si así uno llega, a manos de mi amada.
Emulando al Rapsoda que por la antigua Grecia
fue entonando canciones de trocitos homéricos
yo recito vivencias algunas con histeria
pero son como herencia de mis tiempos aquellos.
Como no son rapsodias que las hayan cantado,
espero que en los pueblos me hayan escuchado
por eso es que recorro pequeños arrabales,
alquerías, suburbios, también por la barriada
he bajado a los ríos y en la arena caliente
escuchó el sol, y hablándome dijo de repente:
que mis versos se escuchan con fuerza en la cañada.