Viviana

elbosco

Poeta fiel al portal
I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love.

Edgar Allan Poe. "Anabel Lee"

Ya en mis cuarenta, lejos pero extrañamente vívido conservaba el recuerdo de Viviana. Esbelta, delgada, delicada. Sus cristalinos ojos verde azulados, su pelo castaño, casi ondulado. Gentil, tímida, retraída, dulce y encantadora; bellísima.
Su recuerdo, como todo aquello que nos marca en la vida y que atesoramos con nostalgia, se había mantenido indeleble en el tiempo.
Teníamos nueve años, estábamos en cuarto grado, ella se sentaba atrás mío, y yo... estaba muy enamorado.
El enamoramiento de un niño no es menos intenso o profundo que el de un adulto. Es un amor que solo sabe de la belleza de las formas, pero lejos de ser superficial acaso es esencial. No repara en la belleza de un rostro o de una sonrisa, ni sucumbe ante un carácter amable, si antes no sintió una inefable atracción hacia la persona.
Cada día, buscaba excusas para darme vuelta y mirarla. Mi timidez y el miedo al rechazo eran más fuertes que el deseo de confesarle mi amor, y aunque me hubiese atrevido a hacerlo, esa misma timidez no me hubiera permitido hacer mucho más. Hermoso hubiera sido pasear por alguna plaza tomados de la mano, regalarle una caricia, abrazarla y robarle un beso. Pero nada de eso era ni un proyecto ni una alternativa. Me bastaba con ocupar un pupitre adelante de ella y tenerla siempre cerca mío, cuidando de no evidenciar mi interés ante nadie, y menos ante ella.
Con todo, no me faltaban iniciativas: Darme vuelta y mirarla fugazmente, hablarle azarosamente, pedirle recurrentemente un lápiz, un sacapuntas o una goma y aprovechar toda ocasión para jugar y pelearla. Muy especialmente pelearla, porque la incapacidad para declarar mis sentimientos me llevó naturalmente a buscar nuevas formas para captar su atención, y, de entre todas, la agresión resultaba la forma más intensa. Un tirón de pelo cuando no me veía me permitía entablar una larga discusión en la que negaba mi culpabilidad, un forcejeo para quitarle algún útil escolar que no quería prestarme me permitía tocar su mano (rozar su mano), un empujón en el recreo, sentir su cuerpo y aspirar su perfume.
Aunque nunca vi en Viviana alguna señal concreta de que correspondiese a mis sentimientos, intuía que lo hacía. Me resultaba imposible siquiera pensar en preguntárselo, pero yo era un muchachito con un natural optimismo, mucha seguridad y una gran autoestima y me bastaba con creerlo.
El año fue pasando mansamente entre golpes y peleas, pero necesitaba hacer algo más comprometido para acercarme a ella y ganarme su amistad. Me propuse conseguir su número de teléfono para inaugurar una nueva vía de contacto. Estaba claro que jamás me animaría a hablar con ella, pero al menos podría llamar y colgar al escuchar su voz. Para no levantar sospechas, sistemáticamente pedí el teléfono a todos mis compañeros y compañeras, sin distinción. El plan resultó perfecto y nadie sospechó nada, mucho menos Viviana.
Durante el resto del año llamé a su casa regularmente, pero únicamente cuando sabía que ella no estaba. Yo vivía a una cuadra del colegio, y sabía que cuando yo llegaba a mi casa ella aún no había llegado a la suya, era entonces que la llamaba. Soñaba con la improbable posibilidad de que me atendiera ella y resistiendo al impulso de colgar, conversar sobre cualquier cosa: las tareas para el día siguiente, alguna película o algún programa de televisión; toda excusa sería válida con tal de escuchar su voz. Pero al llamar me atendía su madre o su padre y automáticamente les preguntaba por la familia González y les pedía disculpas por la equivocación. Bien sabia yo que ningún González vivía allí.
Se acercaba el fin del año y no había podido ingeniar ningún otro método para relacionarme con ella más que las peleas, los golpes y las llamadas telefónicas a la familia González.
Con el fin de curso y el inicio de las vacaciones de verano, pasarían tres meses antes de que pudiera volver a verla y me mortificaba de antemano pensando en todo el tiempo que tendría que soportar su ausencia.
Lenta pero inexorablemente llegó el último día de colegio. Era el acto de fin de año y cada grado representaba un número teatral, coreográfico o musical. Todos los grados nos agrupamos alrededor del patio central formando una multitud en constante movimiento que me hacía imposible estar cerca de Viviana. Entonces, ante la expectativa de un insípido final, nació en mi un irrefrenable deseo de hablarle, de hacerle saber lo especial que era para mí.
Las representaciones pasaban una tras otra, pero yo solo tenía ojos para Viviana, la buscaba todo el tiempo y me dedicaba exclusivamente a mirarla, deseando que ella también me mirase para hablarle con mis ojos. Pero en el caos que dominaba todo el evento era imposible siquiera hacerme notar.
El acto pasó rapidísimo, de pronto era de noche y ya se respiraba la atmósfera del adios. La directora terminó su discurso de cierre y se despidió hasta el año próximo. Hubo una explosión de gritos y todos comenzaron a alborotarse y dispersarse. Los padres se sumaron al caos para encontrar a sus hijos y retirarse lo antes posible, mientras que los chicos corrían, escapaban, buscaban a sus hermanos o se saludaban efusivamente.
Mis compañeros venían a saludarme. Me preguntaban a dónde iría de vacaciones y cuándo regresaría, si iría a la colonia de vacaciones del Club 25 de Mayo o a la del Don Bosco, me proponían pasar a buscarme para jugar al fútbol y andar en bicicleta... pero yo no tenía interés en escucharlos, solo quería no perder de vista a Viviana. ¡Era mi última oportunidad de verla hasta el año próximo! Debía atesorar su imagen hasta el último momento, tal vez, incluso, intentar una despedida, decirle algo, demostrar por fin mi interés especial.
Mi amigo Diego me sorprendió con un inesperado abrazo y con las preguntas de rigor. Le contesté rápidamente y me despedí mientras buscaba a Viviana sin encontrarla. Apareció mi papá y me pidió que busque mis cosas para irnos. ¡Todo se acababa! Recorrí el patio con mirada desesperada y entonces la vi entrar al hall principal, ¡se me estaba yendo! Corrí hacia el hall y alcancé a verla cuando entraba al aula. Llegué corriendo, la puerta estaba abierta. Entré y arrimé la puerta suavemente. Estaba sola, descolgaba su abrigo del perchero, y no me había visto todavía. Sentí mariposas revoloteando en mi estómago. Petrificado, juntaba fuerzas para hablarle. La adrenalina circulaba por todo mi cuerpo. Luchaba contra mi timidez, contra mis miedos. Viviana se puso el saco y agarró un bolso de mano. Entonces se dio vuelta y me vio. Sus ojitos transparentes se fijaron en mí y ya no pude pensar en nada. Caminó lentamente hacia la puerta sin dejar de mirarme, como esperando una iniciativa mia. A escasos metros de mí se detuvo. Sus ojos me preguntaban algo que no podía responder. Su boca se aflojó levemente, tal vez intentando sonreír, tal vez deseando saludarme, ¡tal vez intentando decirme algo tan importante como lo que yo quería decirle! Yo seguía parado adelante de la puerta, inmóvil. Cada segundo era eterno. Había soñado con un momento así durante todo el año, y ahora todo dependía de mi.
Entonces, indeciso, di un paso hacia ella, y súbitamente, como controlado por una fuerza ajena a mis deseos, comencé a correr y pasé a su lado golpeándola con mi hombro como un defensa de fútbol que arremete dispuesto a barrer a quien se le cruce. El choque fue tan fuerte que, pobrecita, cayó al piso. Como justificando mi brutalidad, y para coronar mi fechoría, le grité que se corriera. Ella me miró desconcertada. Su mirada, sus hermosos ojos, me perforaron. Estuve a punto de decirle algo, pero incapaz de cualquier cosa le di la espalda y caminé hacia el perchero, descolgué mi saco y me lo puse lentamente esperando que algún milagro salvara la situación. Sentí un calor por toda mi cara. Lamentaba profundamente la estupidez que acababa de cometer y esa última oportunidad arruinada. Esperé en silencio sin darme vuelta. Escuchaba, atento a todo. Tal vez ella me dijera algo, tal vez no estuviera todo perdido. Solo escuché el ruido de la puerta al cerrarse.
Me quedé solo, con un nudo en la garganta y unas tremendas ganas de llorar. Ni siquiera se me había ocurrido darle la mano para ayudarla a levantarse. Vencido, me senté y me quedé con la cabeza gacha mirando los cordones de mis zapatos. No podía borrar de mi mente su carita triste, su expresión de desconcierto. Ni siquiera me había reprochado mi atropello. Me invadió una enorme angustia y tuve ganas de ir a buscarla, abrazarla, pedirle perdón, y decirle cuánto la quería. Supe que no haría nada de eso. El recuerdo de su mirada triste y mi estupidez fue lo único que me llevé ese día.
Las vacaciones pasaron lento pero ya cerca del inicio escolar me inundó un renovado optimismo y me la pasé pensando en ella. Decidí vencer mi timidez y terminar con las tonterías. Tenía que compensarla por tanto maltrato. Me aseguraría de conseguir el pupitre de atrás suyo, la trataría dulcemente, le hablaría sin temores, le preguntaría qué cosas le gustan hacer, le compraría chocolates, la invitaría al cine y finalmente le preguntaría si quería ser mi novia. Ya no me importaba lo que dijeran mis compañeros ni nadie más.
El primer día de clases llegué temprano al colegio para asegurarme el pupitre de atrás del suyo. Mis compañeros fueron llegando y ubicándose azarosamente, pero Viviana no llegaba y comencé a ponerme nervioso. Finalmente sonó el timbre, entró la maestra y cerró la puerta. Mi amigo Diego me había reservado un lugar a su lado y me senté, ya descartada la posibilidad de sentarme cerca de Viviana. Todo estaba saliendo mal.
-¡Mal día para llegar tarde Viviana! -pensé.
La maestra hablaba, mis amigos me hablaban, pero yo no escuchaba a nadie. Preocupado y ofuscado, solo esperaba su llegada. Escuché a la maestra pasar lista. Nerviosamente escuché como se sucedían los apellidos de siempre, y algunos nuevos. Se acercaba la "M" del apellido de Viviana, y a punto de nombrarla... la maestra la pasó de largo. ¡No la nombró!
Momentos después supe que mi Viviana se había cambiado de colegio.


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Fernando M. Sassone
www.fs.singularidad.org
www.elbosco.net
www.finisafricae.com.ar


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Foto de 4º Grado. 1979
Viviana es la primera de abajo a la izquierda.
Yo estoy en la segunda fila, soy el tercero desde la izquierda. A mi derecha está mi amigo Diego.


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Viviana, 2010.
Foto: © Fernando M. Sassone - http://www.fs.singularidad.org


NOTA: Mi agradecimiento a "LLuvia de Enero" y "Cisne" (Ana Ceballo Carrión), por sus sugerencias y correcciones. Gracias!
 
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I was a child and she was a child,
In this kingdom by the sea;
But we loved with a love that was more than love.

Edgar Allan Poe. "Anabel Lee"

Ya en mis cuarenta, lejos pero extrañamente vívido conservaba el recuerdo de Viviana. Esbelta, delgada, delicada. Sus cristalinos ojos verde azulados, su pelo castaño, ondulado, casi rizado. Gentil, tímida, retraída, dulce y encantadora; bellísima.
Su recuerdo, como todo aquello que nos marca en la vida y que atesoramos con nostalgia, se había mantenido indeleble en el tiempo.
Teníamos nueve años, estábamos en cuarto grado, ella se sentaba atrás mío, y yo... yo estaba muy enamorado.
El enamoramiento de un niño no es menos intenso o profundo que el de un adulto. Es un amor que solo sabe de la belleza de las formas, pero lejos de ser superficial acaso es esencial. No repara en la belleza de un rostro o de una sonrisa, ni sucumbe ante un carácter amable, si antes no sintió una atracción indescriptible hacia la persona.
Cada día, buscaba excusas para darme vuelta y mirarla. Mi timidez y el miedo al rechazo eran más fuertes que el deseo de confesarle mi amor. (me parece que el punto esta demás basta con la "y minúscula, es la misma idea)Y aunque me hubiese atrevido a hacerlo, esa misma timidez no me hubiera permitido hacer mucho más. Hermoso hubiera sido pasear por alguna plaza tomados de la mano, regalarle una caricia, abrazarla y robarle un beso. Pero eso no era ni un proyecto ni una alternativa. Me bastaba con ocupar un pupitre adelante de ella y tenerla cerca mío, sin evidenciar mi interés ante nadie, y menos ante ella.
Con todo, no me faltaban iniciativas: Darme vuelta y mirarla fugazmente, hablarle azarosamente, pedirle recurrentemente un lápiz, un sacapuntas o una goma y aprovechar toda ocasión para jugar y pelearla. Muy especialmente pelearla, porque la incapacidad para declarar mis sentimientos me llevó naturalmente a buscar nuevas formaspara (de)) (creo que debe elegir una de las dos palabras) relacionarme con ella y captar su atención, y, de entre todas, la agresión resultaba la forma más intensa. Un tirón de pelo cuando no me veía me permitía entablar una larga discusión en la que negaba mi culpabilidad, un forcejeo para quitarle algún útil escolar que no quería prestarme me permitía tocar su mano (rozar su mano)(creo que debe elegir una de las dos opciones pues parece sobre explicado), un empujón en el recreo sentir su cuerpo y aspirar su perfume.
Aunque nunca vi en Viviana alguna señal concreta de que correspondiese a mis sentimientos, intuía que lo hacía. Me resultaba imposible siquiera pensar en preguntárselo, pero yo era un muchachito con un natural optimismo, mucha seguridad y una gran autoestima y me bastaba con creerlo.
El año fue pasando mansamente entre golpes y peleas, pero necesitaba hacer algo más comprometido para acercarme a ella y ganarme su amistad. Me propuse conseguir su número de teléfono para inaugurar una nueva vía de contacto. Estaba claro que jamás me animaría a hablar con ella, pero al menos podría llamar y colgar al escuchar su voz. Para no levantar sospechas, sistemáticamente pedí el teléfono a todos mis compañeros y compañeras sin distinción. El plan resultó perfecto y nadie sospechó nada, mucho menos Viviana.
Durante el resto del año llamé a su casa regularmente, pero únicamente cuando sabía que ella no estaría. Yo vivía a una cuadra del colegio, así que cuando llegaba a mi casa sabia que ella aún no había llegado a la suya, entonces la llamaba. Soñaba con la improbable posibilidad de que me atendiera ella y, si resistía al impulso de colgar, conversar sobre cualquier tema, como sobre las tareas para el día siguiente, cualquier excusa sería buena con tal de escuchar su voz En esta frase se me hace confusa la lectura, demasiadas comas. Pero al llamar lo normal era que me atendiese su madre, padre o hermano, y yo automáticamente preguntaba si era la casa de la familia González, y colgaba después de pedir disculpas por la equivocación. Bien sabia yo que ningún González vivía allí. (para mí debe terminar en "equivocación pues ya el lector se da cuenta)
Se acercaba el fin del año y no había podido ingeniar ningún otro método para relacionarme con ella más que las peleas, los golpes y las llamadas telefónicas a la familia González. Con el fin de curso y el inicio de las vacaciones de verano, pasarían tres meses antes de que pudiera volver a verla. Yo pondria "yo" o algun nexo con lo anterior Me mortificaba de antemano pensando en el largo período que tendría que soportar sin verla.
Lenta pero inevitablemente llegó el último día de colegio. Era el acto de fin de año y cada grado representaba un número teatral, coreográfico o musical en el patio central del colegio. Casi no habría ocasiones de estar junto a ella.
Las representaciones pasaban una tras otra, pero yo solo tenía ojos para Viviana. (me parece que aquí debe ir (,) no (.) La buscaba todo el tiempo y me dedicaba exclusivamente a mirarla, deseando que ella también me mirase para hablarle con mis ojos. Pero en el caos que dominaba todo el evento era imposible siquiera hacerme notar.
Todo pasó rapidísimo. (aquí creo que debe ir (,) es la misma idea) De pronto era de noche. La directora terminó su discurso de cierre y se despidió hasta el año próximo. Todos comenzaron a dispersarse para buscar a sus padres e irse a sus casas. ¡Era mi última oportunidad de verla hasta el año próximo! Mis compañeros me buscaban para saludarme. Me preguntaban a dónde iría de vacaciones y cuándo regresaría, si iría a la colonia del Club 25 de mayo o a la del Don Bosco, me decían que pasarían a buscarme para jugar al fútbol y para andar en bicicleta... pero yo no tenía interés en escucharlos, solo quería no perder de vista a Viviana. Debía atesorar su imagen hasta el último momento, tal vez, incluso, intentar una despedida, decirle algo, demostrar por fin un interés especial.
Mi amigo Diego me sorprendió con un abrazo y me hizo las mismas preguntas y propuestas que los demás. Le contesté todo rápido para quitármelo de encima y lo saludé mientras buscaba a Viviana sin encontrarla. Mi papá me pidió que busque mis cosas para irnos. Recorrí todo el patio con la mirada, casi desesperadamente y quiso la suerte que la viera entrar al hall principal. (el (.) está demás) ¡Se estaba yendo!. Seguramente iría al aula a buscar sus cosas. Corrí hacia el hall y alcancé a verla entrando al aula. Seguí corriendo hasta la puerta, que había quedado abierta, y por fín pude verla. Sentí mariposas revoloteando en mi estómago. Viviana estaba descolgando su abrigo del perchero. Entré y arrimé la puerta suavemente. Estábamos solos, ella no me había visto todavía. Petrificado, juntaba fuerzas para hablarle. La adrenalina circulaba por todo mi cuerpo. Luchaba contra mi timidez, contra mis miedos. La miré mientras se ponía el abrigo y agarraba una mochila. Al darse vuelta me vio enseguida. Sus ojitos transparentes se fijaron en mí y ya no pude pensar en nada. Comenzó a caminar lentamente hacia la puerta sin dejar de mirarme, como si esperara alguna iniciativa mía. A pocos metros se detuvo y me miró fijo. Su boca se aflojó levemente, tal vez intentando sonreír, tal vez deseando saludarme, ¡tal vez incluso intentando decirme algo tan importante como lo que yo quería decirle!
Yo seguía parado delante de la puerta sin saber bien qué hacer ni decir. Sentí un irrefrenable deseo de tomar la iniciativa a la vez que me sentía totalmente incapaz de hacer nada. Cada segundo que pasaba me parecía eterno. El momento así lo había soñado y esperado durante todo el año, y ahora todo dependía de mi. Tenía que hacer algo, ¡cualquier cosa!. Mi pasividad se me hacía insostenible. Sentí frustración, rabia y vergüenza. Sus ojos me preguntaban algo que no podía responder. Entonces hice lo que jamás hubiera imaginado hacer, irreflexivamente, corrí hacia ella y pasé corriendo a su lado golpeándola con mi hombro como si fuera un defensa de fútbol que sale con la pelota dispuesto a barrer a quien se le cruce.
El choque fue tan fuerte que, pobrecita, cayó al piso. Como justificando mi brutalidad, y como para coronar mi fechoría le grité que se corriera. Ella me miró desconcertada. Su mirada, sus hermosos ojos, me perforaron. Estuve a punto de decirle algo, pero incapaz de cualquier cosa me di vuelta y caminé hacia el perchero hacia mi saco, lo descolgué y me lo puse lentamente, esperando algún milagro que salvara la situación. Sufría terriblemente por la estupidez que acababa cometer y por la oportunidad que había arruinado. Esperé en silencio sin darme vuelta. Tal vez ella me dijera algo, tal vez no estuviera todo perdido. Atento a todo, solo escuché el ruido de la puerta al cerrarse.
Me quedé solo, mirando a la nada, con ganas de llorar. Ni siquiera se me había ocurrido darle una mano para ayudarla a levantarse. Había arruinado mi última oportunidad. Vencido, me senté y quedé con la cabeza gacha mirando los cordones de mis zapatos. No podía borrar de mi mente su carita triste, su expresión de desconcierto. Ni siquiera me había reprochado mi atropello. Me invadió una enorme angustia y tuve ganas de ir a buscarla, abrazarla, pedirle perdón, y decirle cuánto la quería. Supe que no haría nada de eso. El recuerdo de su mirada triste fue lo único que me llevé ese día.
Las vacaciones de verano pasaron rápido y los días previos al inicio de las clases me la pasé pensando en Viviana. Había decidido cambiar de estrategia, vencer mi timidez y terminar con las tonterías. Tenía que compensarla por tanto maltrato. Lo primero que haría sería asegurarme de conseguir un pupitre cerca de ella, atrás suyo sería lo mejor. La trataría dulcemente, le hablaría sin temores, le preguntaría sobre sus vacaciones, le contaría sobre las mías, le compraría chocolates... y finalmente, le preguntaría si quería ser mi novia. Ya no me importaba lo que dijeran mis compañeros ni nadie más.
Cuando llegó el primer día clase, ya estaba listo para encarar la nueva relación con Viviana. Llegué temprano para asegurarme un pupitre de atrás del suyo. Mis compañeros fueron llegando y ocupando pupitres azarosamente. Viviana no llegaba y comencé a ponerme nervioso. Finalmente sonó el timbre, entró la maestra y cerró la puerta. Me senté al lado de mi amigo Diego que me había reservado un lugar a su lado. Los pupitres a mi alrededor se ocuparon y quedó descartada la posibilidad de sentarme cerca suyo. Todo estaba saliendo mal.
-¡Mal día para llegar tarde al colegio Viviana! -pensé.
La maestra hablaba, mis amigos me hablaban, pero yo no escuchaba a nadie. Solo esperaba a que llegara Viviana. Escuché como la maestra pasaba lista. Los apellidos de siempre y algunos nuevos se sucedían. Se acercaba la "M" del apellido de Viviana, y a punto de nombrarla... la maestra la pasó de largo. ¡No la nombró!
Supe entonces que Viviana se había cambiado de colegio.
---
Fernando M. Sassone
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Viviana, 2010. Foto: © Fernando M. Sassone - http://www.fs.singularidad.org



Hola
hermosa narrativa de un amor que atesora el corazón, aquel que se vivió con la inocencia y la inexperiencia de la niñez...
Disculpe, pero estoy dejando con todo el respeto y esperando no se moleste unas sugerencias. Lo que he puesto de verde, a mi me parece que se debe suprimir, lo que he puesto de azul, creo que son puntos que puedes cambiar por comas, pues veo demasiados puntos innecesarios, lo que he puesto de rojo, son unas tildes que faltan.
Gracias por compartir tan bella prosa, complementada con las fotos hermosas, toca el corazón, porque creo que todos hemos vivido experiencias parecidas...yo me recordé de alguien como usted.
Felicitaciones y un abrazo
Ana
 
¡¡Qué buena narrativa!! Escrita magistralmente y de una calidad exquisita, no solo
atrapa al lector, sino que lo transporta aquellos años de la niñez o de la adolescencia. Aunque parezca muy repetitivo este comentario, es cierto lo que digo, demuestra maestría en tus letras. ABRAZOS
 
Una maravilla de relato que trasmite esa angustia del primer amor y la torpeza y la timidez de un chaval que no supo expresarlo.

Escribes extraordinariamente, envuelven tus prosas y encantan.

Un saludo
JULIA
 
Cuantas veces, a lo largo de nuestras vidas, la inseguridad permite que los trenes pasen de largo y ya...nunca más vuelven. Bonita prosa Fer, llena de sentimientos inocentes y de vida.

Un abrazo
 

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