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Vivir contigo, vivir sin mí

Gonvedo

Poeta asiduo al portal
"Quiero dormir contigo espalda con espalda
sin aliento que nos separe
sin palabras que nos distraigan
sin ojos que nos mientan
sin ropas".

JOYCE MANSOUR


Para vivir contigo,
me llegué hasta tu altura de raíz y me sumergí
en la inabordable astrología de vivir sin mí.
Te seguí hasta orillas sin cruzar
durante días sin nombre,
durante noches de sol que no tenían patria,
a través de túneles sin memoria,
abracé, a tu paso, árboles sin fe
bajo una lluvia ciega de penumbras.
Tus pies descalzos herían mis sentimientos.

Construí una casa, tan lejos como me fue posible,
de las grúas y de los teléfonos, que nunca fue mía.
Siete peldaños para subir, siete para bajar.
Un sótano a barlovento, a sotavento un desván,
según dictan los cánones, unas bombillas desnudas
como un redoble de luz marchita, y una terraza
desde donde ver las afueras del mar
a la semifusa luz de votivos almendros.

Sé que yo vine aquí
para ocultarme del tiempo,
porque ya no era joven, nunca lo fui,
para esconder mi rostro entre tus blancas
y cómplices manos y poder llorar sin miedo,
para sentir este frío que me avergüenza,
para perder tus medias y mis zapatos
bajo la cama y, mansamente, hundirme,
con mi doble de ginebra naufragando,
en ese laissez faire, laissez passer
del sax no end, sex no end
con el que Ben Webster siempre ha sabido
engatusarme, y de un corazón, ciega pupila,
que ya apenas puede palpitar.
Desamueblé las sombras
donde todo gira alrededor de un ansia,
escribí una carta, teñida de grises pálidos
y amables musgos cálidos, a la soledad,
armé mi viejo corazón, que ya agonizaba,
de muebles nuevos tratando de evitar
el oximoron de la tristeza.
 
"Quiero dormir contigo espalda con espalda
sin aliento que nos separe
sin palabras que nos distraigan
sin ojos que nos mientan
sin ropas".

JOYCE MANSOUR


Para vivir contigo,
me llegué hasta tu altura de raíz y me sumergí
en la inabordable astrología de vivir sin mí.
Te seguí hasta orillas sin cruzar
durante días sin nombre,
durante noches de sol que no tenían patria,
a través de túneles sin memoria,
abracé, a tu paso, árboles sin fe
bajo una lluvia ciega de penumbras.
Tus pies descalzos herían mis sentimientos.

Construí una casa, tan lejos como me fue posible,
de las grúas y de los teléfonos, que nunca fue mía.
Siete peldaños para subir, siete para bajar.
Un sótano a barlovento, a sotavento un desván,
según dictan los cánones, unas bombillas desnudas
como un redoble de luz marchita, y una terraza
desde donde ver las afueras del mar
a la semifusa luz de votivos almendros.

Sé que yo vine aquí
para ocultarme del tiempo,
porque ya no era joven, nunca lo fui,
para esconder mi rostro entre tus blancas
y cómplices manos y poder llorar sin miedo,
para sentir este frío que me avergüenza,
para perder tus medias y mis zapatos
bajo la cama y, mansamente, hundirme,
con mi doble de ginebra naufragando,
en ese laissez faire, laissez passer
del sax no end, sex no end
con el que Ben Webster siempre ha sabido
engatusarme, y de un corazón, ciega pupila,
que ya apenas puede palpitar.
Desamueblé las sombras
donde todo gira alrededor de un ansia,
escribí una carta, teñida de grises pálidos
y amables musgos cálidos, a la soledad,
armé mi viejo corazón, que ya agonizaba,
de muebles nuevos tratando de evitar
el oximoron de la tristeza.
La soledad junto a la tristeza.
Versos del corazón.

Saludos
 
"Quiero dormir contigo espalda con espalda
sin aliento que nos separe
sin palabras que nos distraigan
sin ojos que nos mientan
sin ropas".

JOYCE MANSOUR


Para vivir contigo,
me llegué hasta tu altura de raíz y me sumergí
en la inabordable astrología de vivir sin mí.
Te seguí hasta orillas sin cruzar
durante días sin nombre,
durante noches de sol que no tenían patria,
a través de túneles sin memoria,
abracé, a tu paso, árboles sin fe
bajo una lluvia ciega de penumbras.
Tus pies descalzos herían mis sentimientos.

Construí una casa, tan lejos como me fue posible,
de las grúas y de los teléfonos, que nunca fue mía.
Siete peldaños para subir, siete para bajar.
Un sótano a barlovento, a sotavento un desván,
según dictan los cánones, unas bombillas desnudas
como un redoble de luz marchita, y una terraza
desde donde ver las afueras del mar
a la semifusa luz de votivos almendros.

Sé que yo vine aquí
para ocultarme del tiempo,
porque ya no era joven, nunca lo fui,
para esconder mi rostro entre tus blancas
y cómplices manos y poder llorar sin miedo,
para sentir este frío que me avergüenza,
para perder tus medias y mis zapatos
bajo la cama y, mansamente, hundirme,
con mi doble de ginebra naufragando,
en ese laissez faire, laissez passer
del sax no end, sex no end
con el que Ben Webster siempre ha sabido
engatusarme, y de un corazón, ciega pupila,
que ya apenas puede palpitar.
Desamueblé las sombras
donde todo gira alrededor de un ansia,
escribí una carta, teñida de grises pálidos
y amables musgos cálidos, a la soledad,
armé mi viejo corazón, que ya agonizaba,
de muebles nuevos tratando de evitar
el oximoron de la tristeza.
Muy buenas letras estimado poeta Gonvedo. Un abrazo con la pluma del alma
 
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