Paulamira
Poeta recién llegado
A merced de su antojo se inclina el humor del día, basta con verle andar con su paso firme y desenfadado
Desnudas tus excusas para encontrar su mirada, se desvanece el silencio que no le hace falta callar ni gritar que se muere porque coincida tan solo un segundo tu destino con su apresurado andar.
Ni tu silueta es la sombra que estremece su calma, ni tu voz de engañosa y desentendida intención.
Te confunde y enfada no ser la mano osada del jugador que otra pieza de su tablero ganó.
Si esperas convencida que retire su guardia conocerás la entereza de quien redobla su apuesta.
La demagogia exultante y su colosal apariencia presumen doblegarte ante su poder. La sutileza no es voz de éste gélido ser que desconoce el sabor de la humildad y la existencia de la derrota. La entrega no es una opción que pueda ofrecerte por lo que te das por perdido con sólo cruzar su expresión con tus deseos.
Y aunque intentes fingir que solo es suerte de racha y no victoria evidente de quien bien sabe jugar, no puedes ya detenerte ante ese impulso impotente que acobardado ante la proeza de merecerse tu amor, se retuerce de miedo al reconocerse vencido.
Por más que ocultes frustrado el abatido rencor, el consecuente dominio se ha presentado audaz. Reverenciando su hazaña de maquillada soberbia se agazapa expectante el placer de humillarte.
Así entre grandes fanfarrias y ostentosa parodia acontece sin más el voraz vencedor.
Desnudas tus excusas para encontrar su mirada, se desvanece el silencio que no le hace falta callar ni gritar que se muere porque coincida tan solo un segundo tu destino con su apresurado andar.
Ni tu silueta es la sombra que estremece su calma, ni tu voz de engañosa y desentendida intención.
Te confunde y enfada no ser la mano osada del jugador que otra pieza de su tablero ganó.
Si esperas convencida que retire su guardia conocerás la entereza de quien redobla su apuesta.
La demagogia exultante y su colosal apariencia presumen doblegarte ante su poder. La sutileza no es voz de éste gélido ser que desconoce el sabor de la humildad y la existencia de la derrota. La entrega no es una opción que pueda ofrecerte por lo que te das por perdido con sólo cruzar su expresión con tus deseos.
Y aunque intentes fingir que solo es suerte de racha y no victoria evidente de quien bien sabe jugar, no puedes ya detenerte ante ese impulso impotente que acobardado ante la proeza de merecerse tu amor, se retuerce de miedo al reconocerse vencido.
Por más que ocultes frustrado el abatido rencor, el consecuente dominio se ha presentado audaz. Reverenciando su hazaña de maquillada soberbia se agazapa expectante el placer de humillarte.
Así entre grandes fanfarrias y ostentosa parodia acontece sin más el voraz vencedor.