DIEGO
Poeta adicto al portal
He visto entre los árboles tu rostro jugueteando con la luna. Te he visto correteando inquieta mecida por la brisa de la noche plateada. Persiguiendo flores que al ser alcanzadas por tus blancas manos, teñían de arco iris las mejillas brillantes, rebosantes de cálidas caricias. Tus pies ágiles volando sobre el enjambre titilante de luciérnagas que apagaban su luz ante la tuya.
Eras volátil, indecentemente bella, indescriptiblemente feliz.
Duendes de la pradera, tu inventada escolta, a tu paso canturreaban melodías dulces con reminiscencias barrocas. Las mariposas de tu vientre se desprendían una a una para ayudarte en tu vuelo primoroso, exagerado hasta las lágrimas.
Yo, desde el llano, apenas disimulado por el pequeño arbusto, destilaba caricias con destino imposible, que al cabo de arduos intentos por llegar a tu corazón volvían al remitente.
Seguí mirando, extasiado ante tanta suavidad, perfección incontrolada y derroche de belleza.
Mientras la claridad había elegido tu compañía, me sumía en la desolación intempestiva de los olvidados, de los sin nombre, de los desahuciados.
Patético contraste sin sentido, no soporté tal diferencia entre las suertes corridas por tus frágiles manos y mis garras, quise ponerle fin al sufrimiento, decidiendo que tu suerte estaba echada.
Tomé coraje en veloz carrera para acabar allí mismo con tu gracia.
Y al momento de asestar el golpe, tus ojos me miraron, confundidos.
No supieron jamás mis artimañas. Las manos se pusieron como hielo que desvanece su frío ante las llamas. Era imposible lastimar aquello que de belleza atroz maravillaba.
¿Cómo matar lo que con dulce canto animaba mis noches solitarias de visión primorosa y desbordada?
Sonreíste a quien quiso asesinarte. Te pedí perdón con la mirada.
Volví sobre mis pasos cavilante, mientras tú seguías endulzando el verde oscuro de la noche estrellada.
Volví a pedirte perdón con mi silencio, tú no supiste nunca de qué hablaba.
Eras volátil, indecentemente bella, indescriptiblemente feliz.
Duendes de la pradera, tu inventada escolta, a tu paso canturreaban melodías dulces con reminiscencias barrocas. Las mariposas de tu vientre se desprendían una a una para ayudarte en tu vuelo primoroso, exagerado hasta las lágrimas.
Yo, desde el llano, apenas disimulado por el pequeño arbusto, destilaba caricias con destino imposible, que al cabo de arduos intentos por llegar a tu corazón volvían al remitente.
Seguí mirando, extasiado ante tanta suavidad, perfección incontrolada y derroche de belleza.
Mientras la claridad había elegido tu compañía, me sumía en la desolación intempestiva de los olvidados, de los sin nombre, de los desahuciados.
Patético contraste sin sentido, no soporté tal diferencia entre las suertes corridas por tus frágiles manos y mis garras, quise ponerle fin al sufrimiento, decidiendo que tu suerte estaba echada.
Tomé coraje en veloz carrera para acabar allí mismo con tu gracia.
Y al momento de asestar el golpe, tus ojos me miraron, confundidos.
No supieron jamás mis artimañas. Las manos se pusieron como hielo que desvanece su frío ante las llamas. Era imposible lastimar aquello que de belleza atroz maravillaba.
¿Cómo matar lo que con dulce canto animaba mis noches solitarias de visión primorosa y desbordada?
Sonreíste a quien quiso asesinarte. Te pedí perdón con la mirada.
Volví sobre mis pasos cavilante, mientras tú seguías endulzando el verde oscuro de la noche estrellada.
Volví a pedirte perdón con mi silencio, tú no supiste nunca de qué hablaba.