Con mis alas extendidas contra la tarde,
a la orilla de un paraje desconocido,
y sin volver la vista atrás,
emprendo vuelo.
Puedo escuchar el silencio,
como esperando sentir
los latidos de mi corazón
que se desboca, en genuina rebelión.
El aroma de la montaña me embriaga,
los árboles me prestan cobijo,
y desde mi vuelo,
se fugan las palabras
que se esparcen por el viento.
Todo está ausente aquí,
sólo yo, elevándome,
mis brazos abiertos,
sin paredes, sin muros,
sólo yo en esta eternidad
que me reclama.
Ana Mercedes Villalobos
a la orilla de un paraje desconocido,
y sin volver la vista atrás,
emprendo vuelo.
Puedo escuchar el silencio,
como esperando sentir
los latidos de mi corazón
que se desboca, en genuina rebelión.
El aroma de la montaña me embriaga,
los árboles me prestan cobijo,
y desde mi vuelo,
se fugan las palabras
que se esparcen por el viento.
Todo está ausente aquí,
sólo yo, elevándome,
mis brazos abiertos,
sin paredes, sin muros,
sólo yo en esta eternidad
que me reclama.
Ana Mercedes Villalobos
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