Ronald Bonilla Carvajal
Poeta recién llegado
Y qué importa si tan solo me llevo un instante. Elizabeth Marín
Nunca pude olvidarte.
La luna andaba rastrillándome
tus tatuajes en el alma,
mi espalda azulada almacenó tus caricias;
se mojaron mis sienes
en tu sed de palabras,
y mis labios fueron manchados
por tu saliva venturosa,
desde el polvo de rutas
sesgadas que emprendiste.
Siempre mordí la soledad
hasta tenerte cerca;
te invoqué nocturna
dejando el cansancio con tu falda en los rincones,
matutina mirándome
desde el retrovisor,
vespertina apurando tanto café imposible,
y desde las auroras
buscando un beso
para emprender
una salida airosa.
Nunca pude olvidarte:
las ciudades se hicieron una sola,
los vientos arrancaron los tejados
para cicatrizarnos el abrazo.
Y me metí pequeño en tu bitácora
en forma de mensajes ilegibles,
desprendí las cortinas
de alguna soledad que te asediaba,
y el tiovivo
que dispuso sus caballos en desorden
hizo un giro inusitado
como buscando auroras.
La luna andaba rastrillándome
tus tatuajes en el alma,
mi espalda azulada almacenó tus caricias;
se mojaron mis sienes
en tu sed de palabras,
y mis labios fueron manchados
por tu saliva venturosa,
desde el polvo de rutas
sesgadas que emprendiste.
Siempre mordí la soledad
hasta tenerte cerca;
te invoqué nocturna
dejando el cansancio con tu falda en los rincones,
matutina mirándome
desde el retrovisor,
vespertina apurando tanto café imposible,
y desde las auroras
buscando un beso
para emprender
una salida airosa.
Nunca pude olvidarte:
las ciudades se hicieron una sola,
los vientos arrancaron los tejados
para cicatrizarnos el abrazo.
Y me metí pequeño en tu bitácora
en forma de mensajes ilegibles,
desprendí las cortinas
de alguna soledad que te asediaba,
y el tiovivo
que dispuso sus caballos en desorden
hizo un giro inusitado
como buscando auroras.
De mi libro DESPUÉS DE SOÑARTE
Editorial de la Uned, 2008