coral
Una dama muy querida en esta casa.
Pensamientos nocturnos
Cuando la tarde cae,
se confunden entre las soledades
y el silencio del aire
el aroma de las montañas,
montañas devoradas por sombras oscuras,
que poco a poco van cubriendo
el verdor de su hermosura.
Y mis pupilas, mis pupilas,
¡Se despliegan, se van, se fugan!
hacia una inmensidad que me asusta
cuando las horas se vuelven nocturnas.
Con ansiedad busco, busco a un lejano lucero,
no lo encuentro, no titilan las estrellas a lo lejos
¡Sólo un inmenso firmamento negro¡
un socavón durmiendo y ¡me confunde el miedo!
miedo a que esa soledad se parezca al averno,
Sin un ser viviente, sin una paloma que vuele
sin un lucero que alumbre
y un silencio un silencio profundo moribundo;
y pienso y me agito y me pregunto,
sí así será la soledad
cuando partimos al otro mundo
con las pupilas abiertas
en la soledad eterna
y esa, esa ¡sea nuestra condena!
Prudencia Arenas
Coral.
Cuando la tarde cae,
se confunden entre las soledades
y el silencio del aire
el aroma de las montañas,
montañas devoradas por sombras oscuras,
que poco a poco van cubriendo
el verdor de su hermosura.
Y mis pupilas, mis pupilas,
¡Se despliegan, se van, se fugan!
hacia una inmensidad que me asusta
cuando las horas se vuelven nocturnas.
Con ansiedad busco, busco a un lejano lucero,
no lo encuentro, no titilan las estrellas a lo lejos
¡Sólo un inmenso firmamento negro¡
un socavón durmiendo y ¡me confunde el miedo!
miedo a que esa soledad se parezca al averno,
Sin un ser viviente, sin una paloma que vuele
sin un lucero que alumbre
y un silencio un silencio profundo moribundo;
y pienso y me agito y me pregunto,
sí así será la soledad
cuando partimos al otro mundo
con las pupilas abiertas
en la soledad eterna
y esa, esa ¡sea nuestra condena!
Prudencia Arenas
Coral.
Última edición: