… y apenas son las tres de la mañana,
hay un tipo ebrio preguntando a gritos por sus cigarros
él me regaló su ADN, en alguna de sus “puntadas”
están sonando unas cumbias en un aparato viejo y enfermo.
Yo también estoy viejo, nací viejo, lleno de deudas
a los seis no sé leer pero ya he probado el odio
a los siete ya estoy listo para ser “todo un idiota”
crezco escuchando las estupideces de ese alcohólico que le da por tomar para olvidar las “penas”
para cuando cerremos los ojos ya habrá amanecido el día
(aunque yo soy noche, siempre)
cuando tenga cuarenta, aún seré ese niño, ese niño-animal enfermo del alma
ahora ódiame, necesito tu odio, luego abrázame, soy un niño y tengo frío … y apenas son las tres de la mañana.
P.S.: Homo, son a penas mis 8:24 a.m.,
el día empieza, aunque yo nunca acabo.
A mi viejo lo he mandado a tomar por culo,
mas no por alcóholico sino por capullo,
lo he mandado a tomar por culo muchas veces,
aunque, por alguna extraña razón,
él cree que esta vez es diferente,
por lo que, alarmado, habló a mi único hermano
a quién anteayer le ofrecí una patada en la boca
pues entre ellos se parecen demasiado;
y todavía no me ha contestado.
Supongo que por dos razones,
porque sabe que no tiene razón;
y porque le gustan sus dientes.
El humo del hachís
hace ya que inunda mi cuarto,
tiñiendo el techo de nicotina
por el tabaco,
como de frío tiñe ahora el alba mi cuerpo
mientras te escribo estas letras
en otro lugar diferente al tuyo,
tras otros golpes y con otros vicios,
con otras heridas, con otros dolores;
y precipicios.
Mas, te digo, no me importa.
No me importa,
pues, te digo
que tienes razón,
que la realidad no existe,
que el pasado es sólo un fantasma
y el futuro una mentira
que inventan los cuerdos tontos
para no entender a los locos
cuando dicen verdades.
¿Y el presente?
El presente es esta vida,
que es una simple ilusión,
lo sabes;
y nadie tiene la misma.
Así que,
te aconsejo, amigo,
déjate de matar por los vicios,
mátate con otra cosa,
o mejor mátalos a ellos,
con un verso, o una copa,
con calor, con una botella,
fumándote el mundo,
follándote a alguien
o con una prosa.
Mas recuérdale a tu viejo,
siempre,
cuántas veces, dormido, se cagó encima,
pero dícelo sin pena ni amargura,
olvida el rencor que, como la vergüenza,
no sirve para nada
pues son como putas bien feas.
Y si ya se murió,
simplemente enciende una vela,
y dile a ese puto crío,
al encenderla,
que lo entiendes y lo perdonas,
que no sea tan egoísta cuando vuelva,
que al fin y al cabo te perdonas
haberlo odiado tanto,
que seguirás tu propio camino,
con tu guerra, a solas, sin batallones,
que mearás en tus esquinas
y que si el viento te mea encima;
tú te cambiarás de pantalones.