Alonso Vicent
Poeta veterano en el portal
Guardé un billete para Orlando
en un cajón
con dieciocho años cumplidos,
y aún hoy ando
por aeropuertos preguntando
a quien me encuentro
por ver si algún vuelo es el mío,
mi transoceánico.
Le debo a Loja una disculpa;
hacia los veinte
partió un avión, yo estaba en tierra.
Perdí el viaje a las alturas
del blanco Cisne
y al ecuador de mi existencia
en hora punta.
Perdí New York y sus tejados
que rascan cielos
con treinta: El Bronx, Boody Allen,
cuatro manzanos
en la gran Manzana de asfalto
y Central Park
a últimas horas de la tarde
y de los años.
No vio París mi cuarentena,
¡qué gran desastre!,
con lo bien que llevo el francés
y las francesas.
Volvió a fallar la primavera
en otro mayo
mientras cantaba Jeorges Brassens
cerca del Sena.
Por lo demás...
Venecia sigue sin llamarme
cuando anochece,
Moscú ni siquiera me escucha
si vuelvo tarde.
Pero fiel, sigo aquí en la calle
del mismo pueblo,
quizás esperando una ruta
que al fin me alcance.
en un cajón
con dieciocho años cumplidos,
y aún hoy ando
por aeropuertos preguntando
a quien me encuentro
por ver si algún vuelo es el mío,
mi transoceánico.
Le debo a Loja una disculpa;
hacia los veinte
partió un avión, yo estaba en tierra.
Perdí el viaje a las alturas
del blanco Cisne
y al ecuador de mi existencia
en hora punta.
Perdí New York y sus tejados
que rascan cielos
con treinta: El Bronx, Boody Allen,
cuatro manzanos
en la gran Manzana de asfalto
y Central Park
a últimas horas de la tarde
y de los años.
No vio París mi cuarentena,
¡qué gran desastre!,
con lo bien que llevo el francés
y las francesas.
Volvió a fallar la primavera
en otro mayo
mientras cantaba Jeorges Brassens
cerca del Sena.
Por lo demás...
Venecia sigue sin llamarme
cuando anochece,
Moscú ni siquiera me escucha
si vuelvo tarde.
Pero fiel, sigo aquí en la calle
del mismo pueblo,
quizás esperando una ruta
que al fin me alcance.