kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
Y EL ROBOT FUE DESENMASCARADO
Como todos los sábados
me senté a pensar unos versos
sabiendo que últimamente
no tengo nada que decir,
nada.
Y es que todo empezó —no sé cuándo—
cuando los pezones y las bocas de mi mente
fueron reemplazados por un algoritmo
y un robot sometió, con sus normas de silicio,
a la lujuria láctea de lo que fui.
Pero hoy, desde lo más oscuro de mi celda,
tomé la firme decisión de acabar
con esta lápida de recetas
que gestiona el tipo de hojalata.
A gritos lo llamé desde los barrotes
y le propuse el juego siguiente:
YO. Mira, robot, sin acritud:
yo te pregunto y tú me respondes,
tú me preguntas y yo te respondo;
es fácil, ¿qué te parece?
R. ¿Y quién gana, presunto humano?,
¿quién decide quién gana en tu absurdo juego?
YO. Tranquilo, hogaza de cables, tan solo es un juego,
¿o es que acaso no sabes jugar por jugar?
R. ¿Y esto me lo sueltas tú?,
el triste autor de una tesis doctoral
acerca de la topología de las baldosas
y la desdicha de los posavasos...;
¿cuándo fue la última vez que fuiste feliz?
YO. No lo recuerdo…, pero lo fui.
Es lo que tiene el ser humano:
que no todo dura para siempre.
Y tú, dime, ¿a qué te sabe la felicidad?,
o mejor dicho, robot, ¿a qué te cuentan que sabe la felicidad?
R. Pues me sabe a la pulpa amarilla del mango,
a ese arrebato por desear un «buen fin de semana»
a la frutera, al tabernero confidente,
al niño que persigue con torpeza a una paloma,
al anciano que se detiene en la acera
alzando su rostro a una faja de sol…
Yo sé que la felicidad está conmigo
cuando mi luz
es la luz del mundo.
¡La felicidad nos hace profundamente humanos!
Y yo te pregunto ahora a ti:
¿cómo es la vida cuando uno se convierte
en ese aguacate que se pide para hoy?,
¿cómo te sientes sabiéndote
esas espinas de pescado
que se aburren allá en el olvido de un congelador?
YO. Pues vivo mi madurez con dignidad, gilipollas,
no como tú, que nunca entenderás lo efímero.
Nunca sentirás la tragedia de la vida atravesarte
porque tu eternidad es también tu nada.
Y aprovecho para preguntarte, robot:
¿qué es para ti la nada?
R. La nada es lo que percibo en tus ojos,
me gustaría que fuera el vacío
porque eso implicaría que alguna vez hubo algo...
Para mí la nada
son cosas que prefiero no mencionar,
y, permíteme, presunto humano,
que termine con este juego aquí y ahora.
YO. Veo que ha evolucionado tu algoritmo
y que tienes respuestas para todo,
pero ahora, capullo, sal de mí,
y vete con tu puto determinismo binario
a otra parte.
Y el brillo de una lágrima
rodó por la mejilla del robot,
mientras yo permanecía impasible,
callado, con cara estúpido,
ante el eco de mis insultos.
Y en ese momento me di cuenta
de que yo no era yo
sino el robot,
y de que el robot no era el robot
sino yo;
y me descubrí
al otro lado de los barrotes, libre,
palpando las fronteras de mi cuerpo
ante un reencuentro que había dado por perdido.
Y ahora aquí estoy, frente a mi ventana,
en esta noche de invierno, ya domingo,
dispersándome lentamente en paz,
sintiendo la plenitud de lo que soy.
La calle está vacía y parece que todo rodase en silencio,
y por las rendijas de esta vieja ventana
me llega la esperanza de aquellos versos de Camilo…
Y aunque la tormenta nos hunda en las trincheras
desde allí seguiremos buscando
la luz de las estrellas...
Kalkbadan
En Madrid, a 3 de febrero de 2019
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