Y frente a mí, tras la ventana, la Luna
mirándome con ternura
desde el interior de mi espejo,
como si no mediase una gran altura,
como si no morase tan lejos.
Dama alegre, sonriente, bella,
pálida, rechoncha y gordita.
Compañera eterna de las estrellas
que las noches pasa en vela
y por el día dormita.
Señora que no precisa finos tules
ni otras telas finas,
que apenas sabe de cielos azules,
y que en los pechos de las féminas
filtrarse quisiera
par que de ella se amamanten las fieras
con leche mansa de Luna.
Amante única tal y como es,
de las que no hay ni dos ni tres,
tan sólo una.
Y frente a mí, tras la ventana, las estrellas
brillando con gran fijeza
sobre el espejo de mi habitación,
formando cada una de ellas una pieza
del complejo puzle de cada constelación.
Doncellas diminutas como granos de sal.
Gigantes distantes en el universo.
Puntos y comas del gran libro universal,
formando cada una de ellas un verso
de un prodigioso poema astral.
Lentejuelas nocturnas.
Brillantes de la oscuridad.
Alegres musas taciturnas.
Diosas de mi tranquilidad
irradiándome desde su lienzo oscuro
el placer más puro
del sosiego y la paz.
Y por si fuese poco para el relax de mi mente,
sobre el espejo que tengo enfrente
se refleja una estrella fugaz.
Y frente a mí, tras la ventana, la noche,
con la Luna que apenas la blanquea
y las estrellas que tanto la embellecen,
y un espejo que amablemente me la refleja
para que desde mi cama la vea
con la calma que va hilando la madeja
de la tranquilidad y la paz que ahora me envuelven.
mirándome con ternura
desde el interior de mi espejo,
como si no mediase una gran altura,
como si no morase tan lejos.
Dama alegre, sonriente, bella,
pálida, rechoncha y gordita.
Compañera eterna de las estrellas
que las noches pasa en vela
y por el día dormita.
Señora que no precisa finos tules
ni otras telas finas,
que apenas sabe de cielos azules,
y que en los pechos de las féminas
filtrarse quisiera
par que de ella se amamanten las fieras
con leche mansa de Luna.
Amante única tal y como es,
de las que no hay ni dos ni tres,
tan sólo una.
Y frente a mí, tras la ventana, las estrellas
brillando con gran fijeza
sobre el espejo de mi habitación,
formando cada una de ellas una pieza
del complejo puzle de cada constelación.
Doncellas diminutas como granos de sal.
Gigantes distantes en el universo.
Puntos y comas del gran libro universal,
formando cada una de ellas un verso
de un prodigioso poema astral.
Lentejuelas nocturnas.
Brillantes de la oscuridad.
Alegres musas taciturnas.
Diosas de mi tranquilidad
irradiándome desde su lienzo oscuro
el placer más puro
del sosiego y la paz.
Y por si fuese poco para el relax de mi mente,
sobre el espejo que tengo enfrente
se refleja una estrella fugaz.
Y frente a mí, tras la ventana, la noche,
con la Luna que apenas la blanquea
y las estrellas que tanto la embellecen,
y un espejo que amablemente me la refleja
para que desde mi cama la vea
con la calma que va hilando la madeja
de la tranquilidad y la paz que ahora me envuelven.