Y sólo cuando el cielo puro vuelva a mirar a través de techos derruidos y llegue hasta la hierba y las rojas amapolas crecidas junto a muros derruidos, sólo entonces quiero yo volver a dirigir mi corazón hacia los lugares de ese Dios. Así habló Zaratustra. De los sacerdotes. F. Nietzsche
Un profesor me pidió en secundaria una vez
que hiciera un proyecto
sobre un invento para los niños de ahora;
ya sabéis, para explotar la creatividad.
Me dieron dos semanas.
Yo en aquel tiempo leía Walden,
pero solo unos pasajes que mi madre escogía.
A penas lo entendía,
era muy enrevesado.
No entendí nada,
y a pesar de ello, me fascinó.
Era un eterno laberinto en el que mis manos
iban creando las paredes.
Yo mismo me encerraba.
Y no paraba de darle vueltas,
negándome las respuestas,
descubriendo nuevos caminos
hacía la misma imposibilidad de responder siempre.
Me fascinaba Walden.
Y nada salía en claro.
El caso es que día tras día, me preguntaba
¿que invento necesitan los niños de ahora?
Era frustrante pasarme horas sin hallar respuesta.
Cada idea venía terrorificamente acompañada
de su negación.
No Román, me decía:
los niños no necesitan ver unos minutos al día
imágenes de sitios relajantes.
No asocian esos sitios con relajación.
Podrías poner lo que quisieras
y no sabrías con que lo asociarían.
No Roman, los niños no necesitan
ni relojes, ni pautas,
ni rectificadores, nada de eso...
y si la gente no se empeñara en que lo necesitan,
ningún adulto lo necesitaría tampoco.
Fue frustrante pasarme hasta las noches pensando
y pensando
y a cada imposibilidad, destruirme un poco y pensar
no sabes nada Roman. Que poca imaginación...
Llegó el día de la presentación,
y uno a uno los otros veinticinco chicos de clase
iban pasando
y mostraban sus inventos. Maravillosos todos.
Maravillosamente inútiles.
Y luego, yo. Asustado, el profesor me llamó
para que me levantara y me pusiera frente a la pizarra.
-Román San León.- Volvió a llamar.
Tiritando de angustia, aterrado,
le iba haciendo señas de que no tenía ningún invento.
Un suspiro del viejo profesor barbudo:
-¿Por qué usted, señor San León
no ha querido preparar una tarea
tan estúpidamente simple
como imaginar un invento para un crio de tres años?
¿Las tareas mundanas
le parecen inferiores a su persona?
Menudo idiota más soberbio
con menudos unos cojones...
-Verá- iba yo titubeando-, si que intenté hacer ese invento
pero me pareció inútil.
-Oh, inútil dice. ¿Por qué?- rugía furioso.
- Un niño de tres años no necesita ni gafas tranquilizantes
ni relojes que marquen momentos especiales del día
ni una alarma que les diga frases esperanzadoras
ni nada de nada. - Maldita la hora en la que le planté cara.-
Un niño no necesita nada de eso. Un crio es un crio.
La humanidad se ha salvado durante milenios
sin ninguna de esas memeces.
Quizás lo único que necesitan es vivir su vida,
con alguien que le apoye. Nada más.
Y quizás, más contacto con la naturaleza,
SÍ, eso es. Esos inventos no sirven para nada. Nada sirve para nada.
Y nadie se da cuenta.- Y la euforia se me iba subiendo a la cabeza-
El mundo iría mejor sin ninguno de esos inventos para criar mejor
a los niños. Son substitutos vacíos de los padres.
Ninguno de esos niños va a saber que es realmente la vida.
La vida está ahí fuera, nada importa más allá de apreciar el cielo,
el mar, las montañas...
Las chicas populares se iban cachondeando de mí.
Lo hacían siempre, pero
al menos les dí la oportunidad de hacerlo en una situación
en la que se les permitía hacerlo sin castigo.
El engreído profesor me iba mirando cada vez con más rabia.
Levantó el brazo apuntando a la puerta y me hizo callar.
- Encima de no hacer los deberes
me vienes con discursos moralistas en plan anárquico... como si te creyeras mejor que los demás,
lo único que pasa es que no tienes ni pizca de imaginación...
menuda escusa barata,
que vida te espera chaval...
Pasarás Sin Pena Ni Gloria.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Se me anclaron esas palabras. Las escribía en papeles y luego lo colgaba de la pared
y me reía de ellas.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Al menos, ahí, me di cuenta de que hace falta mucha imaginación
para ver "la otra realidad" donde ningun invento vale,
tan solo la vida. Todo lo demás es vano.
Pero al no enfocarla hacia donde se espera, se toma por vaga rebeldía.
Alguien de entre los populares chilló:
¡paleto! ¡friki! ¡Vete con las cabras!
Pero no pudo seguir
el profesor le alzó la mano para callarlo
y me envió al aula de castigo.
Terminó la conversación.
Así fue como me granjeé un pase por el túnel del repetidor de curso.
Me expulsaron dos días por desobedecer a aquel imbécil.
Mi madre fue a hablar con el profesor.
Al salir de la reunión, me agarró del brazo enfadada sin abrir la boca
y me arrastró hasta las puertas del instituto
y fuera de alcance me dijo:
Eres de lo que no hay
Eres maravilloso.- dijo sacudiendose la máscara de seriedad y sonriendo al fín.
Y yo aluciné.
No pude llegar a agradecer ese cambio tan repentino de actitud,
solo pude pensar:
¿Maravilla?
Las autenticas maravillas que el mundo debería apreciar
están desfasadas y rechazadas.
Nadie apreciará jamás lo grande
glorioso
e intrinseco de la vida humana.
Y maldita sea, Thoreau. Sigo pensando que tenías razón.
Un profesor me pidió en secundaria una vez
que hiciera un proyecto
sobre un invento para los niños de ahora;
ya sabéis, para explotar la creatividad.
Me dieron dos semanas.
Yo en aquel tiempo leía Walden,
pero solo unos pasajes que mi madre escogía.
A penas lo entendía,
era muy enrevesado.
No entendí nada,
y a pesar de ello, me fascinó.
Era un eterno laberinto en el que mis manos
iban creando las paredes.
Yo mismo me encerraba.
Y no paraba de darle vueltas,
negándome las respuestas,
descubriendo nuevos caminos
hacía la misma imposibilidad de responder siempre.
Me fascinaba Walden.
Y nada salía en claro.
El caso es que día tras día, me preguntaba
¿que invento necesitan los niños de ahora?
Era frustrante pasarme horas sin hallar respuesta.
Cada idea venía terrorificamente acompañada
de su negación.
No Román, me decía:
los niños no necesitan ver unos minutos al día
imágenes de sitios relajantes.
No asocian esos sitios con relajación.
Podrías poner lo que quisieras
y no sabrías con que lo asociarían.
No Roman, los niños no necesitan
ni relojes, ni pautas,
ni rectificadores, nada de eso...
y si la gente no se empeñara en que lo necesitan,
ningún adulto lo necesitaría tampoco.
Fue frustrante pasarme hasta las noches pensando
y pensando
y a cada imposibilidad, destruirme un poco y pensar
no sabes nada Roman. Que poca imaginación...
Llegó el día de la presentación,
y uno a uno los otros veinticinco chicos de clase
iban pasando
y mostraban sus inventos. Maravillosos todos.
Maravillosamente inútiles.
Y luego, yo. Asustado, el profesor me llamó
para que me levantara y me pusiera frente a la pizarra.
-Román San León.- Volvió a llamar.
Tiritando de angustia, aterrado,
le iba haciendo señas de que no tenía ningún invento.
Un suspiro del viejo profesor barbudo:
-¿Por qué usted, señor San León
no ha querido preparar una tarea
tan estúpidamente simple
como imaginar un invento para un crio de tres años?
¿Las tareas mundanas
le parecen inferiores a su persona?
Menudo idiota más soberbio
con menudos unos cojones...
-Verá- iba yo titubeando-, si que intenté hacer ese invento
pero me pareció inútil.
-Oh, inútil dice. ¿Por qué?- rugía furioso.
- Un niño de tres años no necesita ni gafas tranquilizantes
ni relojes que marquen momentos especiales del día
ni una alarma que les diga frases esperanzadoras
ni nada de nada. - Maldita la hora en la que le planté cara.-
Un niño no necesita nada de eso. Un crio es un crio.
La humanidad se ha salvado durante milenios
sin ninguna de esas memeces.
Quizás lo único que necesitan es vivir su vida,
con alguien que le apoye. Nada más.
Y quizás, más contacto con la naturaleza,
SÍ, eso es. Esos inventos no sirven para nada. Nada sirve para nada.
Y nadie se da cuenta.- Y la euforia se me iba subiendo a la cabeza-
El mundo iría mejor sin ninguno de esos inventos para criar mejor
a los niños. Son substitutos vacíos de los padres.
Ninguno de esos niños va a saber que es realmente la vida.
La vida está ahí fuera, nada importa más allá de apreciar el cielo,
el mar, las montañas...
Las chicas populares se iban cachondeando de mí.
Lo hacían siempre, pero
al menos les dí la oportunidad de hacerlo en una situación
en la que se les permitía hacerlo sin castigo.
El engreído profesor me iba mirando cada vez con más rabia.
Levantó el brazo apuntando a la puerta y me hizo callar.
- Encima de no hacer los deberes
me vienes con discursos moralistas en plan anárquico... como si te creyeras mejor que los demás,
lo único que pasa es que no tienes ni pizca de imaginación...
menuda escusa barata,
que vida te espera chaval...
Pasarás Sin Pena Ni Gloria.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Se me anclaron esas palabras. Las escribía en papeles y luego lo colgaba de la pared
y me reía de ellas.
Pasarás
Sin
Pena
Ni
Gloria.
Al menos, ahí, me di cuenta de que hace falta mucha imaginación
para ver "la otra realidad" donde ningun invento vale,
tan solo la vida. Todo lo demás es vano.
Pero al no enfocarla hacia donde se espera, se toma por vaga rebeldía.
Alguien de entre los populares chilló:
¡paleto! ¡friki! ¡Vete con las cabras!
Pero no pudo seguir
el profesor le alzó la mano para callarlo
y me envió al aula de castigo.
Terminó la conversación.
Así fue como me granjeé un pase por el túnel del repetidor de curso.
Me expulsaron dos días por desobedecer a aquel imbécil.
Mi madre fue a hablar con el profesor.
Al salir de la reunión, me agarró del brazo enfadada sin abrir la boca
y me arrastró hasta las puertas del instituto
y fuera de alcance me dijo:
Eres de lo que no hay
Eres maravilloso.- dijo sacudiendose la máscara de seriedad y sonriendo al fín.
Y yo aluciné.
No pude llegar a agradecer ese cambio tan repentino de actitud,
solo pude pensar:
¿Maravilla?
Las autenticas maravillas que el mundo debería apreciar
están desfasadas y rechazadas.
Nadie apreciará jamás lo grande
glorioso
e intrinseco de la vida humana.
Y maldita sea, Thoreau. Sigo pensando que tenías razón.