danie
solo un pensamiento...
En el dedal de un ápice
nace un hombre azaroso con clavicordios noctívagos,
con su compás de danza húngara
sueñan los cipreses,
las alboradas y sus nubes amanecidas,
las conjugaciones del ángelus
y las menguantes estrellas fugaces.
Ansían las fiestas de arlequines
de rutilantes escupitajos que colman la vida,
pero no conocen su antifaz
de funesta melancolía,
su cara de muros y sombras
que asolan las noches y los días.
En los celajes de un mogote
nace otro hombre con cuerpo de barca
que navega sin brújula ni vigía;
los sarmientos fantasean
con el arribo del mesías que encontrará la luz
en los campos de trigo,
pero no saben que ese hombre hecho del madero de un ombligo
se perderá en el légamo
de las fauces del abismo.
En la cuna que mece Dios
nace otro hombre de llanto supremo
y frágiles vestidos,
el cielo entero tiene mucha esperanza
que erradique el hambre de los vientres hundidos,
el vomito de las gargantas henchidas,
la sequía de los labios desguarnecidos
por las arenas de una era sobornada por las ásperas neblinas.
Ese hombre, como es de suponerse,
no hace nada y se esconde en las faldas de un destino.
Sobre la tierra, bajo un manto de hojas desvanecidas,
nace una mujer, de ella nadie espera nada,
pero con su profundo bramido
dibuja las sonrisas de las aves,
navega en los mares y los ríos
construyendo balsas y caminos,
siembra las sabanas ornado talismanes
y engendra la existencia divina
trayendo, por fin, un poco de paz y alegría.
nace un hombre azaroso con clavicordios noctívagos,
con su compás de danza húngara
sueñan los cipreses,
las alboradas y sus nubes amanecidas,
las conjugaciones del ángelus
y las menguantes estrellas fugaces.
Ansían las fiestas de arlequines
de rutilantes escupitajos que colman la vida,
pero no conocen su antifaz
de funesta melancolía,
su cara de muros y sombras
que asolan las noches y los días.
En los celajes de un mogote
nace otro hombre con cuerpo de barca
que navega sin brújula ni vigía;
los sarmientos fantasean
con el arribo del mesías que encontrará la luz
en los campos de trigo,
pero no saben que ese hombre hecho del madero de un ombligo
se perderá en el légamo
de las fauces del abismo.
En la cuna que mece Dios
nace otro hombre de llanto supremo
y frágiles vestidos,
el cielo entero tiene mucha esperanza
que erradique el hambre de los vientres hundidos,
el vomito de las gargantas henchidas,
la sequía de los labios desguarnecidos
por las arenas de una era sobornada por las ásperas neblinas.
Ese hombre, como es de suponerse,
no hace nada y se esconde en las faldas de un destino.
Sobre la tierra, bajo un manto de hojas desvanecidas,
nace una mujer, de ella nadie espera nada,
pero con su profundo bramido
dibuja las sonrisas de las aves,
navega en los mares y los ríos
construyendo balsas y caminos,
siembra las sabanas ornado talismanes
y engendra la existencia divina
trayendo, por fin, un poco de paz y alegría.