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Y por fin volví a mi hogar;
y al cruzar la gran puerta
la quietud a saludar
fue a la plaza desierta,
y me mostró repletas
las casas de vacío,
oxidadas veletas
gritando al aire frío,
ausentes los jirones
de sombras de cenizas,
sin nubes de prisiones
saliendo asustadizas
dejando atrás tejados,
muros envejecidos,
cristales agrietados,
portales derruídos.
Y recorrí las calles
hambrientas de bullicio,
y vi nuevos detalles
entre cada resquicio
de las profundas redes
trenzadas por los años
en desnudas paredes,
caídos sus engaños;
y sentí las campanas
llorar su desconsuelo,
abrirse las ventanas
queriendo alzar el vuelo,
el viento en callejones
alzar hojas caídas,
el polvo en los rincones
tapar secas heridas,
rasgarse las banderas,
fugarse las cortinas,
temblar las escaleras,
doblarse las esquinas.
Y llegué a mi castillo,
vislumbrando sus piedras
cubiertas por zarcillos
de ennegrecidas hiedras;
franqueé sus barreras,
distinguiendo las brechas
descender de aspilleras
como quebradas flechas;
entré en la centenaria
torre del homenaje,
vencida y solitaria,
posando mi equipaje;
y en mi trono sentado,
la corona en el suelo,
mirando desganado
los huecos en el cielo,
con el regusto añejo
del vino destemplado,
mostrando en cruel reflejo
el cáliz plateado
mis hombros encorvados
cargados de fracaso,
mis ojos entregados
al negro del ocaso
a mi pueblo buscando
tras ser abandonado,
la heráldica mostrando
mi escudo desgastado,
por todos olvidado,
maldito mi linaje...
yo solo en mi reinado
finalicé mi viaje.
Y por fin volví a mi hogar;
y al cruzar la gran puerta
la quietud a saludar
fue a la plaza desierta,
y me mostró repletas
las casas de vacío,
oxidadas veletas
gritando al aire frío,
ausentes los jirones
de sombras de cenizas,
sin nubes de prisiones
saliendo asustadizas
dejando atrás tejados,
muros envejecidos,
cristales agrietados,
portales derruídos.
Y recorrí las calles
hambrientas de bullicio,
y vi nuevos detalles
entre cada resquicio
de las profundas redes
trenzadas por los años
en desnudas paredes,
caídos sus engaños;
y sentí las campanas
llorar su desconsuelo,
abrirse las ventanas
queriendo alzar el vuelo,
el viento en callejones
alzar hojas caídas,
el polvo en los rincones
tapar secas heridas,
rasgarse las banderas,
fugarse las cortinas,
temblar las escaleras,
doblarse las esquinas.
Y llegué a mi castillo,
vislumbrando sus piedras
cubiertas por zarcillos
de ennegrecidas hiedras;
franqueé sus barreras,
distinguiendo las brechas
descender de aspilleras
como quebradas flechas;
entré en la centenaria
torre del homenaje,
vencida y solitaria,
posando mi equipaje;
y en mi trono sentado,
la corona en el suelo,
mirando desganado
los huecos en el cielo,
con el regusto añejo
del vino destemplado,
mostrando en cruel reflejo
el cáliz plateado
mis hombros encorvados
cargados de fracaso,
mis ojos entregados
al negro del ocaso
a mi pueblo buscando
tras ser abandonado,
la heráldica mostrando
mi escudo desgastado,
por todos olvidado,
maldito mi linaje...
yo solo en mi reinado
finalicé mi viaje.
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