I
Y si perdí la cabeza
fue por tu risa encendida,
por la magia inadvertida
que me ató con tu belleza.
Me ganó tu sutileza,
tu ternura compartida,
y en la noche bendecida
me rendí a tu ligereza.
Si hoy mi mente se extravía
cuando escucho tu presencia,
no lo tomes como herida.
Es el alma, en su inocencia,
que aún te busca cada día
sin medida ni prudencia.
Y si perdí la cabeza
fue por tu risa encendida,
por la magia inadvertida
que me ató con tu belleza.
Me ganó tu sutileza,
tu ternura compartida,
y en la noche bendecida
me rendí a tu ligereza.
Si hoy mi mente se extravía
cuando escucho tu presencia,
no lo tomes como herida.
Es el alma, en su inocencia,
que aún te busca cada día
sin medida ni prudencia.