dragon_ecu
Esporádico permanente
Nos encontramos en un mercado de cosas olvidadas.
Era un martes de esos con lluvia y neblina,
estabas allí, entre la oscuridad del rincón de cerámica fría,
con esa postura arqueada de quien
ha decidido no rendirse ante el peso del cielo,
a pesar de tu presencia menuda,
pequeña e indefensa.
Te tomé con una mano,
sentí tu peso terrenal
y supe que ambos buscábamos lo mismo:
un lugar donde la luz reemplace el castigo.
Entendimos pronto que el tiempo no se mide en relojes,
sino en la paciencia con la que uno observa la quietud del otro.
No es la duración, sino la densidad del tiempo lo que nos unió.
Existimos en una dialéctica de quietud
frente al vértigo del mundo,
tú, en tu silencio ontológico;
yo, en mi ruido innecesario.
En el silencio de la sala,
nuestras respiraciones se sincronizaron
en un intercambio imperceptible de átomos;
tú absorbías mi ansiedad exhalada
y yo me nutría de tu retorcido estoicismo.
No necesitábamos palabras
porque el lenguaje es una limitación de la carne,
y nosotros habitábamos la esencia.
que no requiere movimiento
para ser profunda,
y que el ser se manifiesta mejor
cuando las raíces sostienen escondidas
el peso de todo lo que no se dice.
Fuiste mi recordatorio de que la inmovilidad es,
a veces,
la forma más alta de resistencia.
La existencia no es un fluir,
sino una permanencia compartida.
Te vi resistir en la penumbra,
una silueta retorcida bajo la luna de plata,
pareciendo un espectro antiguo
que custodiaba mis sueños más oscuros.
Cuando el fuego amenazó
con devorar nuestra morada,
te abracé contra mi pecho
sintiendo tu aspereza contra mi piel,
un pacto de sangre y resina.
Si el abismo nos reclamaba,
nos encontrarían fundidos
en una sola ceniza,
inseparables en la necrosis del olvido.
El agua que te daba vida,
te daría también la muerte
si se descuidaba la dosis,
de momentos y sitios,
más entonces nos salvaba.
Hubo noches de sombras alargadas
donde el viento golpeaba los cristales
con dedos de esqueleto,
y abrían el cielo exponiendo
su herida sangrando relámpagos.
y truenos delirantes.
Tus extremidades,
retorcidas por años de inviernos impuestos,
proyectaban sombras de garras contra la pared desconchada.
Parecías un espectro antiguo
custodiando mi vigilia.
Cuando el frío calaba los huesos
y la humedad subía por los muros,
semejando el veneno de la envidia e incomprensión.
Más tu presencia imponía
aquel aire de reliquia sagrada,
que nos protegería a ambos.
Cuando la clepsidra volteó su interior
con agua en lugar de arena,
flotamos sobre el minutero arrancado,
en tanto las horas se colgaban,
sin atinar donde afianzarse.
Yo levantándote al cielo…
y tú sosteniendo tus raíces.
El agua subía y tú bebías el reflejo de las nubes muertas.
Tu piel se volvió de bronce
y tus dedos atraparon el eco
de aquel pájaro que alguna vez existió.
Un cuerpo que ha sobrevivido
a la putrefacción de los siglos,
solo para recordarme que la belleza
también puede ser oscura y tortuosa.
Cambiamos de casa cuatro veces,
cargando el peso de los desiertos en los bolsillos,
y cada vez que el techo desaparecía,
tú presentabas un nuevo horizonte verde.
El apartamento olía a tabaco rancio y a facturas sin pagar.
un martes de fin de mes llegó,
como una cerveza barata y caliente,
con la nota de despido.
Hubo días de sequía,
de tuberías secas y hambre compartida.
Te miraba ahí, aguantando
mientras yo me hundía en el sobretrabajo,
vendiendo mis horas por una miseria
que apenas alcanzaba para el alquiler.
Pasaste por manos extrañas,
manos que no sabían leer tus cicatrices,
pero volvías a mí, con desgaste y polvo,
con una presencia tan jodidamente digna
en medio de nuestra miseria común.
Yo me perdía en el estrés,
en los cables y en las prisas,
olvidando el ritmo
pausado de tu respiración
casi imperceptible.
Me dolía tu paciencia.
Me dolía esa forma tuya de esperarme sin reproches,
mientras la vida nos iba quitando trozos de tiempo.
Tu entereza era el único testigo
de mis fracasos más callados,
el único que vio cómo mis manos temblaban
después de tanto intentar y no lograr nada.
Una danza de astillas en un salón lleno de espejos líquidos.
Sobrevivimos al fuego que lamió las puertas
y a la helada que quebró los cristales.
Tu resiliencia terminó por infectar mi sangre.
Ahora, cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso,
solo necesito acercarme a ti,
sentir la textura de tu historia,
ese mapa de nudos y giros
que nos trajo hasta este instante de paz.
No somos dos,
somos el mismo surco en la tierra,
la misma voluntad de seguir en pie,
contra todo pronóstico.
Gracias por estar aquí...
mi bonsái de pino.
Era un martes de esos con lluvia y neblina,
estabas allí, entre la oscuridad del rincón de cerámica fría,
con esa postura arqueada de quien
ha decidido no rendirse ante el peso del cielo,
a pesar de tu presencia menuda,
pequeña e indefensa.
Te tomé con una mano,
sentí tu peso terrenal
y supe que ambos buscábamos lo mismo:
un lugar donde la luz reemplace el castigo.
Entendimos pronto que el tiempo no se mide en relojes,
sino en la paciencia con la que uno observa la quietud del otro.
No es la duración, sino la densidad del tiempo lo que nos unió.
Existimos en una dialéctica de quietud
frente al vértigo del mundo,
tú, en tu silencio ontológico;
yo, en mi ruido innecesario.
En el silencio de la sala,
nuestras respiraciones se sincronizaron
en un intercambio imperceptible de átomos;
tú absorbías mi ansiedad exhalada
y yo me nutría de tu retorcido estoicismo.
No necesitábamos palabras
porque el lenguaje es una limitación de la carne,
y nosotros habitábamos la esencia.
que no requiere movimiento
para ser profunda,
y que el ser se manifiesta mejor
cuando las raíces sostienen escondidas
el peso de todo lo que no se dice.
Fuiste mi recordatorio de que la inmovilidad es,
a veces,
la forma más alta de resistencia.
La existencia no es un fluir,
sino una permanencia compartida.
Te vi resistir en la penumbra,
una silueta retorcida bajo la luna de plata,
pareciendo un espectro antiguo
que custodiaba mis sueños más oscuros.
Cuando el fuego amenazó
con devorar nuestra morada,
te abracé contra mi pecho
sintiendo tu aspereza contra mi piel,
un pacto de sangre y resina.
Si el abismo nos reclamaba,
nos encontrarían fundidos
en una sola ceniza,
inseparables en la necrosis del olvido.
El agua que te daba vida,
te daría también la muerte
si se descuidaba la dosis,
de momentos y sitios,
más entonces nos salvaba.
Hubo noches de sombras alargadas
donde el viento golpeaba los cristales
con dedos de esqueleto,
y abrían el cielo exponiendo
su herida sangrando relámpagos.
y truenos delirantes.
Tus extremidades,
retorcidas por años de inviernos impuestos,
proyectaban sombras de garras contra la pared desconchada.
Parecías un espectro antiguo
custodiando mi vigilia.
Cuando el frío calaba los huesos
y la humedad subía por los muros,
semejando el veneno de la envidia e incomprensión.
Más tu presencia imponía
aquel aire de reliquia sagrada,
que nos protegería a ambos.
Cuando la clepsidra volteó su interior
con agua en lugar de arena,
flotamos sobre el minutero arrancado,
en tanto las horas se colgaban,
sin atinar donde afianzarse.
Yo levantándote al cielo…
y tú sosteniendo tus raíces.
El agua subía y tú bebías el reflejo de las nubes muertas.
Tu piel se volvió de bronce
y tus dedos atraparon el eco
de aquel pájaro que alguna vez existió.
Un cuerpo que ha sobrevivido
a la putrefacción de los siglos,
solo para recordarme que la belleza
también puede ser oscura y tortuosa.
Cambiamos de casa cuatro veces,
cargando el peso de los desiertos en los bolsillos,
y cada vez que el techo desaparecía,
tú presentabas un nuevo horizonte verde.
El apartamento olía a tabaco rancio y a facturas sin pagar.
un martes de fin de mes llegó,
como una cerveza barata y caliente,
con la nota de despido.
Hubo días de sequía,
de tuberías secas y hambre compartida.
Te miraba ahí, aguantando
mientras yo me hundía en el sobretrabajo,
vendiendo mis horas por una miseria
que apenas alcanzaba para el alquiler.
Pasaste por manos extrañas,
manos que no sabían leer tus cicatrices,
pero volvías a mí, con desgaste y polvo,
con una presencia tan jodidamente digna
en medio de nuestra miseria común.
Yo me perdía en el estrés,
en los cables y en las prisas,
olvidando el ritmo
pausado de tu respiración
casi imperceptible.
Me dolía tu paciencia.
Me dolía esa forma tuya de esperarme sin reproches,
mientras la vida nos iba quitando trozos de tiempo.
Tu entereza era el único testigo
de mis fracasos más callados,
el único que vio cómo mis manos temblaban
después de tanto intentar y no lograr nada.
Una danza de astillas en un salón lleno de espejos líquidos.
Sobrevivimos al fuego que lamió las puertas
y a la helada que quebró los cristales.
Tu resiliencia terminó por infectar mi sangre.
Ahora, cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso,
solo necesito acercarme a ti,
sentir la textura de tu historia,
ese mapa de nudos y giros
que nos trajo hasta este instante de paz.
No somos dos,
somos el mismo surco en la tierra,
la misma voluntad de seguir en pie,
contra todo pronóstico.
Gracias por estar aquí...
mi bonsái de pino.
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ta bonito el enano.