Yo vivo solo

Yo vivo solo. Siempre (siempre es el tiempo que importa) he vivido solo.
Había salido esa mañana. Ahora todavía tenía la llave en la mano. El infinito se adivina en un segundo.
Ya el golpe había sido, el dolor, no lo había calculado.
Yo era un asesinato más.
Los lapsos se comprenden al final, nunca sabré cuánto, pero no me importan los números, me desperté y supe que había estado dormido, luego todo lo demás, las llaves, la puerta abierta todavía.
El ruido gutural del ascensor, tuve miedo, otro golpe, la sorpresa me tensaba el acecho y me asustaba la duda.
El golpe no llegaba. Yo gritaba por adentro.
El ascensor había parado hacía un minuto y la puerta había hecho su chapoteo de metal.
Mi corazón era un buche enorme.
Me levanté, el miedo estaba a todas partes, cerré los ojos y tuve más miedo, miedo de dejarme solo.
La impresión, la calma, dudé de si a los ruidos los agregaba mi obsesión o estaban allá, allá en el primer dormitorio. Entonces corrí, me levanté y corrí, y cerré la última puerta y el baño y el pasillo y...
El ruido fue feroz, levantó el palomar de un gong despavorido en mis entrañas.
Había sido la puerta. ¿La puerta y quién? ¿Quién o qué? Volví a cerrar sin mirar atrás y cerré la última que quedaba a mis espaldas y me apoyé fatigado.
Era un cuarto con cinco puertas.
Yo tenía un teléfono allí, y otro en el dormitorio, el interruptor estaba en el dormitorio, yo había cerrado la puerta, la primera.
Rogué que estuviera hacia mi lado, pero no me animé a comprobarlo.
De repente recordé la puerta a mi espalda y me apoyé con una mano para darme vuelta, al girar sentí que se movía el picaporte detrás de mí y me inundé de una música caliente, un brutal orgasmo de presagio y terror. Ya no me pregunté si había sido yo contra el picaporte o el picaporte contra mí, el miedo estaba desatado como un veneno lento e irreversible.
Tranqué todas las puertas, ese sistema americano de llaves, sentí cierto alivio de aquella sugerencia del constructor.
Allí estaba yo entre cinco cerraduras.


JORGE LEMOINE Y BOSSHARDT
 
Don Jorge es un gran honor el poder leerte, gracias por compartir tantas bellas obras.
Exquisites en palabras, felicidades.
Felices fiestas.
 
Nuestros miedos toman muchas formas, y también nos puede recluir en nuestra soledad con una seguridad aparente, pues el enemigo es el propio miedo.
Muy interesante !!! lenguaje onírico en el que hablan los símbolos.
Un placer Jorge.
Abrazos, y que vaya bonito en este año nuevo...
XXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXXX
 
Impresionantes y fuertes letras las que compartes Jorge, un escrito
que pareciera una pesadilla, así son nuestros miedos , muy grato leerte , felicidades por tan interesantes versares , saludos de Alma Soňadora
 
Una muy buena narración, el suspenso hasta la final, muy bien llevada.
Me gustó leerle.
Un abrazo grande.
 
Es tu narración como una pelicula de suspenso nos mantiene al filo de la butaca en espectativa, atentos a los que pasará...Hay muchos miedos, querer encontrar alivio a todo aquello que duele pero parece que no hay remedio a vuestro mal, aparentemente, todo tiene solución aquí o allá. Grato leerle. Dios lo bendiga
 
Jorge:

Pensaba visitar tus poemas y me encontré con esta excelente obra literaria en prosa, me cautivo su desarrollo, las imágenes y emociones que causa al lector, gracias por enriquecer el poco saber de esta tentativa de amante de la literatura

Un saludo cordial

Jaime
 
Tu obra me recuerda la película "mejor imposible", eso si, con más intriga.
Un placer de prosa. Abrazos.
 
Ha pues yo también y seguro me va costar dormir hay,pasillos, cuartos cerrados están aquí en mi casa.Bien pero tu hablas sin duda de esa soledad que se siente en el alma cuando hay tristeza.Excelente trabajo querido maestro.Te felicito.brazos y estrellas...
 
Yo vivo solo. Siempre (siempre es el tiempo que importa) he vivido solo.
Había salido esa mañana. Ahora todavía tenía la llave en la mano. El infinito se adivina en un segundo.
Ya el golpe había sido, el dolor, no lo había calculado.
Yo era un asesinato más.
Los lapsos se comprenden al final, nunca sabré cuánto, pero no me importan los números, me desperté y supe que había estado dormido, luego todo lo demás, las llaves, la puerta abierta todavía.
El ruido gutural del ascensor, tuve miedo, otro golpe, la sorpresa me tensaba el acecho y me asustaba la duda.
El golpe no llegaba. Yo gritaba por adentro.
El ascensor había parado hacía un minuto y la puerta había hecho su chapoteo de metal.
Mi corazón era un buche enorme.
Me levanté, el miedo estaba a todas partes, cerré los ojos y tuve más miedo, miedo de dejarme solo.
La impresión, la calma, dudé de si a los ruidos los agregaba mi obsesión o estaban allá, allá en el primer dormitorio. Entonces corrí, me levanté y corrí, y cerré la última puerta y el baño y el pasillo y...
El ruido fue feroz, levantó el palomar de un gong despavorido en mis entrañas.
Había sido la puerta. ¿La puerta y quién? ¿Quién o qué? Volví a cerrar sin mirar atrás y cerré la última que quedaba a mis espaldas y me apoyé fatigado.
Era un cuarto con cinco puertas.
Yo tenía un teléfono allí, y otro en el dormitorio, el interruptor estaba en el dormitorio, yo había cerrado la puerta, la primera.
Rogué que estuviera hacia mi lado, pero no me animé a comprobarlo.
De repente recordé la puerta a mi espalda y me apoyé con una mano para darme vuelta, al girar sentí que se movía el picaporte detrás de mí y me inundé de una música caliente, un brutal orgasmo de presagio y terror. Ya no me pregunté si había sido yo contra el picaporte o el picaporte contra mí, el miedo estaba desatado como un veneno lento e irreversible.
Tranqué todas las puertas, ese sistema americano de llaves, sentí cierto alivio de aquella sugerencia del constructor.
Allí estaba yo entre cinco cerraduras.


JORGE LEMOINE Y BOSSHARDT
Uno se despierta en su misma realidad, aquella que a veces pasamos por alto, como a una alcantarilla en un día de lluvia, las cosas comunes parecieran tener el alma de una corbata, o cubiertos, necesarios solo cuando uno los necesita, hay tanto eco cuando uno esta solo que, nos asusta darnos cuenta que los muebles tienen ojos y boca, murmullan su invalidez, cuando estamos solos todo en nuestro alrededor se multiplica por el miedo a ser verdad. Encantado de pasar.
 
Muy buena prosa Jorge. El miedo transpira como el sudor en el relato y lo va invadiendo todo: la casa y los cerrojos hasta provocar un ataque de pánico no del todo irracional. La soledad a veces juega al escondite.
Un Abrazo poeta y Buen Día
 

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