Zoo de animales carroñeros

kalkbadan

Poeta que considera el portal su segunda casa

ZOO DE ANIMALES CARROÑEROS


Tengo en propiedad un zoo
especializado en animales carroñeros.

De vez en cuando
la hiena que habita en mi mente
sale de su madriguera
y me sorprende por la calle con su risa:
¡uuha-ha-ha-ha-ha-ha!
Procuro siempre despistarla
riéndome más fuerte que ella.
La gente suele desconfiar de la gente que se ríe en soledad,
así que entre carcajada y carcajada disuasoria
tengo asumido que el personal se me irá cambiando de acera
con ese semblante indolente y beato
a mitad de mueca entre la grima y la compasión.

Una alternativa menos escandalosa son las librerías
que aseguran la calma
con su proverbial y narcótica resina
de papel, pegamento y plástico.
Cuando tengo la inmensa suerte de cruzarme con una
en plena catarsis de la puta risa loca de la hiena
entro en ella y cojo un libro al azar…
¡Pero cuidado!, que el azar es muy cabrón.
El otro día, sin ir más lejos,
cayó en mis manos el ciclo vital de la garrapata centroeuropea...
Bien es cierto que ahora, siendo un experto en garrapatas,
comprendo (y desprecio) mejor al ser humano.

Pero bueno, a lo que iba,
una vez dentro, tomo asiento,
y me pongo a leer, y leo, y leo, y leo,
hasta que los electrones de mi mente
dejan de eyacular luz
y la perturbada hiena se retira a descansar.

En ocasiones se me presenta la jodida urraca:
¡tcha-tcha-tcha-tcha-tcha!,
mostrándose coqueta frente al espejo ya roto de mis años.
Pero siempre llevo conmigo
unos trocitos de papel de plata.
Así, le voy dejando señuelos
sobre las calzadas o las vías de metro
esperando a que su codicia
se convierta en mi victoria.

Otras veces, ¡maldita sea!,
cuando estoy paseando de la mano de mis hijos,
mis queridos animalitos necrófagos
escapan de sus jaulas.
Resulta, en estos casos, muy eficaz
lanzar el corcho de mi caña
al centro del tornasol esférico de sus pupilas
mientras les pregunto que qué quieren ser de mayores.
Y en la dulce frecuencia de las ondas de su ilimitada lucidez
se van destensando los tendones de la angustia;
¡qué conspicuo presente de luz desgranan los labios del niño!

Y por último,
he de decir que entre todos los animales
que habitan mi zoo
hay uno
que temo tanto como a mi propia vida.
Hablo de los buitres
cuando sobrevuelan pacientes
sobre un pecho desnudo
con su cremallera abierta por el miedo.
Acudo, entonces, a tu encuentro, amor,
¡antes de que se posen y abran sus picos!,
y entierro en el estrato de los avestruces
aquellos versos de Pablito
incumpliendo así nuestra promesa
de que el amor no fuera nunca
un refugio de cobardes...

Que no bastaba que me entendieras
y que murieras por mí,
que no bastaba que en mis fracasos
yo me refugiara en ti.


¡Pero ante todo quiero salvarme!
y hago nido en la ceiba de tu cuello.

Y abrazado al perfume salvaje de tu piel
siento como una bandada de lunas
clausuran de rosa
el presagio de un ocaso
que se vestía

definitivamente de negro.​


Kalkbadan
En Madrid, a 1 de julio de 2018



(...) Que no bastaba que me entendieras
y que murieras por mí,
que no bastaba que en mis fracasos
yo me refugiara en ti.


Versos de la hermosa canción «Para vivir»,
escrita por Pablo Milanés en el año 1967 y que formó parte de su disco «La vida no vale nada» (1975).




 
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