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Soñé en un lugar, que podía ver desde mi ventana, donde las gotas de lluvia bailaban divertidas la danza del otoño, atentas al latir de esas almas errantes que, por despistadas, por allí pasaban...
El fuego no quema, decían...
Mientras, a sorbos cortos, bebían de la lava que emanaba de tus poros. Sus gargantas se abrasaban y sus entrañas ardían.
¿Acaso el fuego no quema?
Pobres...
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