No vine a escribir algo bonito.
Vine porque hay días en que el pecho se llena de algo que no cabe en el cuerpo
y necesita salir, aunque sea mal, aunque sea roto.
Te pienso como se piensa la sed:
sin palabras elegantes,
con una urgencia que no se negocia.
A veces eres luz —sí—,
pero no de esa que ilumina,
sino de la que revela el polvo,
las grietas,
lo que uno barre y vuelve a aparecer.
Y ahí estás,
en lo que no logro ordenar.
He querido olvidarte.
Lo digo en serio.
He intentado dejarte en una esquina de la memoria
como se dejan las cosas que ya no sirven,
pero tú no eres cosa,
eres insistencia.
Apareces en el café que se enfría,
en la silla vacía que nadie ocupa,
en ese silencio incómodo
que no sé llenar con nada.
El amor, dicen, es otra cosa.
Algo más limpio, más claro.
Pero lo nuestro no fue eso.
Lo nuestro fue una habitación sin ventanas
donde aprendí a respirar a medias
y aun así
no quería salir.
Y mírame ahora,
escribiendo como quien se toca una herida
para confirmar que sigue ahí.
Porque sí,
sigue.
No sangra como antes,
pero duele distinto,
como duelen las cosas que se quedan
aunque uno se vaya.
No te extraño siempre.
Sería más fácil.
Te extraño a ratos,
cuando baja la guardia,
cuando la noche se parece demasiado a tu nombre
y no hay nadie
que me distraiga de ti.
Y entonces entiendo,
sin poesía, sin consuelo:
hay amores que no terminan,
solo cambian de lugar.
Y a veces
ese lugar
soy yo.