Deja entonces de usar ese barniz de transparencia.
No me pidas que pase la página
si debajo del papel estás latiendo en carne viva.
Me dices que te rompes en paz para no incomodar,
pero el silencio también tiene esquinas que cortan.
¿De qué sirve protegerme de tu herida
si termino abrazando un hueco?
Baja la guardia.
Suelta esa pluma de cristal que no quiere hacer ruido.
Si tienes miedo de que no sepa dónde poner las manos
al ver tu desastre,
entiende que las mías también están llenas de grietas.
¿Y si nos rompemos juntos?
Sin la elegancia de la tinta invisible,
sin el permiso de un mundo que solo acepta lo intacto.
Tal vez, al chocar nuestros pedazos,
el ruido sea menos sordo.
Tal vez, al mezclar nuestras astillas,
dejen de ser armas para volverse refugio.
¿Quizás dolerá menos
si el abismo no es algo que miras a solas,
sino un lugar donde nos reconocemos?
No te escondas más.
Si te vas a deshacer,
hazlo aquí, conmigo,
donde la verdad no necesita ser bonita para ser sagrada.
Entonces, que este sea el punto final de lo invisible.
No busques más la tinta que se borra ni el refugio de la ausencia. Si el destino es el naufragio, que no nos encuentre simulando calma, sino con las manos entrelazadas entre los restos.
Ya no hay necesidad de escribir bajito. Si el alma se quiebra, que el estruendo sea nuestro único lenguaje, porque en este desorden ya no estamos solos.
Nos quedamos aquí, rotos pero presentes, aceptando que la verdadera paz no es no doler, sino dejar de esconderse.