Encarcela mis caricias
Encarcela mis caricias,
y devórame los besos,
haz prisionera mi vida
en la cárcel de tu cuerpo.
Que no haya llaves ni puertas
ni caminos de regreso,
que me pierda entre tus formas
sin memoria ni recuerdo.
Átame con tu mirada,
con la llama de tu aliento,
que en la noche de tu piel
quiero arder… y ser incendio.
No me salves si me hundo
en la hondura de tu pecho,
que naufragar en tu abrazo
es mi gloria y mi deseo.
Y si el tiempo nos reclama
con su pulso siempre incierto,
que nos halle entrelazados…
sin querer salir de esto,
Más allá del mismo tiempo
Encarcela mis caricias,
Y devórame los besos,
Haz prisionera mi vida
En la cárcel de tu cuerpo.
Que no sea barro el instante,
Ni ceniza nuestro fuego,
Sino un pulso que se alza
Más allá de lo terreno.
Porque en tu piel no me pierdo,
Me encuentro… y me reconozco,
Como si el alma aprendiera
A hablar lenguaje de cuerpo.
Eres templo y eres rito,
Eres llama y fundamento,
Donde lo humano se rinde
Y lo eterno toma aliento.
No es deseo lo que arde
Cuando rozo tu silencio,
Es la forma en que la vida
Se pronuncia desde dentro.
Y así, sin nombre ni límite,
Sin medida ni argumento,
Nos volvemos algo puro…
Más allá del mismo tiempo.
Somos luz que se pronuncia
No te toco… te presiento
Como el alba en la penumbra,
Como un eco que despierta
Lo que el alma no pronuncia.
Tu piel no es solo frontera,
Es umbral de otra espesura,
Donde el tiempo se detiene
Y la carne se depura.
Hay un silencio en tus formas
Que me nombra y me desnuda,
Y en su hondura me disuelvo
Sin temor… y sin excusa.
No es el roce lo que eleva,
Es la entrega que lo inunda,
Esa forma en que dos seres
Se trascienden y se anudan.
Y en la calma que nos queda,
Cuándo el pulso se inaugura,
Somos más que simples cuerpos:
Somos luz que se pronuncia.
Ya no se si soy quien siente
Ya no sé si soy quien siente
O el latido que me nombra,
Si eres tú quien me atraviesa
O es la vida que se asombra.
Se deshacen los contornos,
Cae la forma que nos borda,
Y en el pulso compartido
Toda distancia se agota.
No hay caricia… hay un flujo
Que en nosotros se desborda,
Como un río sin orillas
Que a sí mismo se transforma.
Y en esa entrega sin nombre,
Sin principio ni memoria,
Somos algo que acontece
Más allá de toda forma.
No hay deseo ni hay ausencia,
No hay promesa ni hay derrota,
Solo un ser que se despliega
En la unión que nos convoca.
Y al volver —si es que volvemos—
Queda en calma la zozobra:
Ya no somos lo que fuimos…
Somos luz que se desborda,
De ese amor que nos ha dado ...
Y volvemos… lentamente,
Con la luz entre las manos,
Como quien guarda un misterio
Que ya no cabe en los labios.
No hay palabras que recojan
Lo vivido en este espacio,
Solo un temblor que perdura
Más allá de lo nombrado.
La piel recuerda en silencio
Lo que el alma ha contemplado,
Y en la calma de los cuerpos
Queda el eco de lo hallado.
Ya no hay prisa ni deseo,
Ni ese ardor tan desbordado,
Solo una paz que se extiende
Como un mar recién callado.
Y al mirarnos… nos sabemos
Sin necesidad de atarnos,
Porque fuimos algo eterno
En un instante sagrado.
Y así, leves, sin cadenas,
Sin principio ni pasado,
Seguiremos siendo huella
De ese amor… que nos ha dado.