Siéntense vuestras mercedes
alrededor de la mesa,
y discutan los quehaceres
para acabar con la guerra.
No dejen que la impostura
siga su juego sangriento,
y rompan con la amargura
que aprieta cada momento.
Miren que llora la madre
cuando le arrancan el hijo,
y el viejo espera en la puerta
sin escuchar sus latidos.
Arden los campos del pobre,
callan los trigos sedientos,
mientras los cuervos y el odio
siguen sembrando desiertos.
¿De qué sirven las coronas,
los discursos y los credos,
si al final todos los hombres
duermen bajo el mismo suelo?
No hay victoria en la ceniza,
ni honor posible en el miedo;
solo quedan las heridas
respirando entre los pueblos.
Escuchen al caminante
que conoce los silencios,
pues la paz nace despacio
cuando se derriba el ego.
Que ningún niño en la tierra
crezca abrazado al estruendo,
ni aprenda antes la ira
que la ternura y el juego.
Y si aún conservan cordura
los señores de este tiempo,
siéntense vuestras mercedes…
y hablen antes que los muertos.