V. La mirada
Hay una luz distinta en su mirada,
no busca, no interroga, no se aferra;
es un cielo sin nubes ni tormenta,
una paz que no exige ni reclama.
Nos miran sin pasado entre los ojos,
sin la carga del juicio ni la historia;
y en esa transparencia sin memoria
se deshacen del mundo los despojos.
Tal vez ver sea eso que han logrado:
contemplar sin nombrar lo que aparece,
ser espejo de todo lo creado
sin la mente que juzga y que oscurece.
VI. Inocencia
Han vuelto sin saberlo a la semilla,
al lugar donde todo era sencillo,
donde el ser no se mide ni se humilla
y la vida no pesa en su bolsillo.
No recuerdan, y en ello hay una llave
que nosotros tememos y evitamos:
soltar todo aquello que cargamos
para andar con el alma leve y suave.
¿Es pérdida o regreso lo que vemos?
¿Es final o comienzo lo que habita?
Quizá en ellos se esconde lo que fuimos
antes de que la vida nos escriba.
VII. El cuerpo que recuerda
Aunque el nombre se borre en la distancia,
y la historia se quiebre en mil fragmentos,
hay un pulso que guarda los cimientos
de una vida tejida en la constancia.
Una mano que busca su otra mano,
una piel que responde a la caricia,
un abrazo que nace sin malicia
y que sabe el camino más humano.
Porque hay algo más hondo que la mente,
una memoria antigua, silenciosa,
que no niega el lenguaje de la vida
ni el calor de la entrega más hermosa.
VIII. Desnudez
Han perdido los nombres y las formas,
los papeles que un día los vestían;
ya no son lo que fueron ni fingían,
han caído las máscaras y normas.
Y en esa desnudez tan despojada,
donde el “yo” se diluye lentamente,
aparece una verdad diferente:
ser sin más, sin historia ni mirada.
Nos asusta ese estado transparente
porque rompe el control que sostenemos;
pero en ellos, tal vez en el inconsciente,
vive el ser que creemos y olvidamos.
IX. El eco de lo que somos
Son reflejo callado de nosotros,
un espejo sin forma ni argumento,
donde vemos, si miramos lento,
los rincones más hondos y más rotos.
Nos devuelven la imagen que evitamos,
la fragilidad de lo que somos,
la certeza de que todos, al fin,
en el mismo silencio nos hallamos.
Y al mirarles, quizá sin entender,
algo dentro se quiebra y se ilumina:
no es su olvido el que duele realmente…
es el miedo a perder lo que nos domina.
X. Ternura
Y al final, cuando todo se disuelve,
cuando el nombre y la forma ya no están,
hay un hilo invisible que se enciende
y que nunca se llega a quebrantar.
Es la mano que cuida sin motivo,
la caricia que nace sin memoria,
el amor que no entiende de la historia
ni del tiempo que empuja lo vivido.
Porque incluso en la niebla más profunda,
cuando todo parece haber partido,
queda intacta, serena y moribunda,
la ternura… que nunca se ha perdido.