La grieta
Se abrió la noche dentro de mi pecho,
como un cristal cansado de memoria,
y vi caer, al fondo de la historia,
todo el orgullo que llevaba hecho.
La soledad me habló desde el deshecho,
desnudando mi falsa vanagloria,
mientras temblaba amarga la victoria
de aquel que nunca se miró por dentro.
Comprendí que la herida era camino,
que el dolor no venía a derrotarme,
sino a mostrar mi rostro verdadero.
Y al aceptar la sombra del destino,
empecé lentamente a perdonarme,
hallando luz al borde del agujero.
La búsqueda
Salí a buscarme entre las viejas ruinas,
preguntando a la vida quién yo era,
mientras el tiempo, igual que una marea,
arrastraba mis dudas peregrinas.
Llevaba el alma llena de neblinas
y un corazón sediento de frontera,
persiguiendo una voz que me dijera
por qué nacen las ansias y las espinas.
Mas descubrí, después de tanto abismo,
que aquello que buscaba estaba dentro,
silencioso detrás de mis temores.
Y descendiendo al fondo de mí mismo,
hallé en mi propia sombra el epicentro
donde empiezan a hablar los resplandores.
El giro
Un día comprendí que la tormenta
no era enemiga, sino maestra,
y que la vida, indómita y siniestra,
también al caer nos alimenta.
Dejé de darle voz a la lamenta,
y abrí la puerta de mi vieja diestra
a la serena claridad que muestra
que toda herida al alma la sustenta.
Entonces el temor perdió su trono,
y el corazón, cansado de la guerra,
aprendió a respirar sin resistencia.
Fue allí donde entendí que el abandono
de aquello que jamás el hombre encierra
es la raíz más honda de la esencia.
El ahora
Hoy sólo tengo el pan de este momento,
la breve eternidad de lo que vivo,
el aire que respira cuanto escribo
y el rumor del presente en movimiento.
No quiero hipotecar mi sentimiento
a un mañana inseguro y fugitivo,
pues cada instante late decisivo
como un sol derramándose en el viento.
La vida ocurre aquí, calladamente,
en la pequeña luz de lo sencillo,
en la calma que habita lo cercano.
Y quien aprende a estar completamente
dentro del leve ardor de su sencillo,
convierte cada instante en algo humano.
La serenidad
Ya no persigo el ruido de la gloria
ni la ambición de ser más que ninguno,
pues comprendí, bajo el silencio oscuro,
la ligereza inmensa de la historia.
Dejé dormir el peso de la euforia
y abracé mi dolor inoportuno,
hasta sentir que incluso el infortunio
también formaba parte de mi noria.
Ahora camino lento y sin cadenas,
mirando cada sombra sin temerlas,
dejando que la vida me atraviese.
Y aunque regresen tiempos de condenas,
mi paz consiste simplemente en verlas
sin exigir jamás que el mundo cese.