El tiempo va pasando,
sin detener su paso silencioso;
mas vive quien, amando, descubre
en cada instante lo precioso.
Ayer ya es humo leve,
ceniza de una llama ya extinguida;
mañana apenas mueve las sombras
que imagina la vida.
Tan solo este momento,
que late entre la sangre y la mirada,
se ofrece como aliento, como una puerta
siempre iluminada.
La pena y la alegría
visitan el salón de nuestra mente;
ninguna quedaría si no le diéramos
asiento permanente.
Las nubes van y vienen,
los vientos cambian rumbo cada día;
mas los que se mantienen aprenden
del dolor sabiduría.
Por eso cuando miro
la tarde derramándose en el río,
sereno ya respiro y abrazo cuanto
encuentro en mi camino.
No sé qué ha de guardar
tras el recodo oculto del sendero;
me basta acompañarme y ser quien soy,
sincero y verdadero.
Que venga lo que venga,
la vida cumplirá su propio vuelo;
mi corazón sostenga la paz humilde
que descubre el cielo.