Tu nombre, dulce llama,
despierta en mi silencio la alborada;
y el alma, que te llama, se siente por
tu luz iluminada.
Llegaste suavemente,
como llega la lluvia a los trigales,
y hallaste en mi corriente un cauce
para sueños inmortales.
Tus ojos son la fuente
donde bebe mi sed de primavera;
y pasa lentamente la tarde entre
tu voz y mi quimera.
No quiero más tesoro
que el breve resplandor de tu presencia;
ni plata quiero, ni oro, si tengo de tu
amor la dulce esencia.
A veces me pregunto
qué hechizo dio a tu ser tanta hermosura,
y encuentro como asunto que el amor vuelve
eterna la ternura.
Si el tiempo nos separa,
serás en mi memoria luz encendida;
y aunque la noche pretenda oscurecer
nuestra partida,
guardaré cada instante,
cada palabra, cada leve roce,
porque en mi pecho amante tu amor florece
y nunca se conoce
invierno tan severo
que pueda marchitar tanta esperanza;
pues vive verdadero quien ama con
el alma y la confianza.