La soledad muerde y se escapa
la siento espiando
entre las sombras.
El aire pesa como lágrimas anidando en la penumbra.
Cada latido clava agujas entre mis costillas.
Falta el aliento.
El vacío huele a dolor de inviernos
en las manos, mojadas por la lluvia.
Como rama seca la piel se quiebra recordándote.
El frío eriza los huesos del pecho donde la memoria es un látigo abriendo la llaga,
como un camino profundo
por los pasillos del recuerdo.
Los dedos que casi no pueden escribir.
Un nudo de alambres aprieta mi esternón.
Se acabó la tinta.
El trazo final rasga el papel.
Me mataste.
No quedan más palabras.
No existe amanecer,
sólo la noche,
es la reina de este lamento
que entra por mis ojos.
La oscuridad se traga el eco.
El corazón deja de rugir.
Los brazos caen.
Silencio absoluto.
Eterno.
Nada.