A vosotros, lectores, que habéis decidido abrir estas páginas y concederles un instante de vuestro tiempo, deseo dedicar estas palabras antes de que emprendáis el viaje.
Toda obra es, en cierto modo, un encuentro. Quien escribe deposita en ella una parte de sí mismo: sus preguntas, sus hallazgos, sus heridas y sus asombros. Quien lee aporta algo no menos valioso: su mirada, su experiencia y el eco de su propia vida. Así, entre ambos, se construye un puente que salva la distancia de los años, los lugares y las circunstancias.
Los versos que hallaréis a continuación nacieron en distintos momentos del camino. Algunos brotaron de la alegría, otros de la nostalgia; unos fueron hijos de la esperanza y otros de la reflexión serena que dejan las horas. Todos, sin excepción, son testigos de un instante que quiso permanecer más allá de sí mismo.
Con el paso del tiempo he comprendido que la poesía no consiste únicamente en nombrar emociones, sino en aprender a escucharlas. Como el navegante que observa las estrellas para orientarse en la noche, el poeta intenta descifrar los movimientos del alma para comprender mejor su travesía. Y acaso el lector, al acompañarlo, descubra también algo de sí mismo entre las palabras.
Por ello os invito a recorrer estas páginas sin prisa. Deteneos donde el corazón os lo pida. Volved sobre aquellos versos que os llamen en silencio. Permitid que cada poema encuentre su propio lugar en vuestra memoria, pues ninguna lectura es igual a otra, del mismo modo que ningún amanecer repite exactamente sus colores.
Si al término del viaje alguna reflexión os acompaña, si alguna emoción despierta un recuerdo dormido o si alguna palabra logra iluminar un rincón de vuestra existencia, estas páginas habrán cumplido su propósito.
Recibid, pues, mi gratitud más sincera. Gracias por vuestra compañía en esta travesía. Que el viaje os sea propicio y que encontréis en él no solo mis versos, sino también algo de vuestra propia verdad.
Rafael Espinar Zamora