No todo vive en las voces,
ni todo nace al hablar;
hay verdades que en silencio
aprenden a germinar.
El silencio no está vacío,
si se sabe acompañar;
es un río que nos lleva
hasta la calma total.
En su hondura se aquietan
las prisas del corazón;
allí descansa la mente
libre de toda ilusión.
Habla el árbol con sus hojas,
habla el alba al despertar,
habla el vuelo de las aves
sin necesidad de hablar.
Quien abraza el buen silencio
empieza a escuchar mejor:
oye el pulso de la vida,
la respiración de Dios.
No es ausencia ni abandono,
ni tristeza, ni dolor;
es el hogar donde el alma
se reencuentra con su voz.
Y cuando todo se apaga
y parece anochecer,
el silencio abre una puerta
que no deja de crecer.
Bendito sea el silencio
que no conoce el temor;
porque en su paz se hace fuerte
la raíz del corazón.