La amistad, esa sonrisa,
ese alegrarse de verte,
ese acompañar la vida
sin un motivo aparente.
Es compartir los silencios
sin sentirnos diferentes,
es caminar a tu lado
aunque no sepas adónde.
Es saber que hay una mano
que estará cuando la llames,
y que a veces no hace falta
ni siquiera que la nombres.
Es reír porque te ríes,
es llorar porque te duele,
es quedarse cuando todos
han encontrado otras calles.
Es hablar de cualquier cosa,
de los días y los sueños,
y descubrir que en el fondo
no hace falta hablar de ello.
Es esa pequeña dicha
de encontrarte de repente,
y sentir que el mundo cambia
solo porque estás presente.
no pedir explicaciones,
no preguntar por qué vienes,
ni querer saber qué cargas
cuando en silencio te sientes.
Es aceptar tus derrotas
sin juzgarte por perder,
y alegrarse de tus triunfos
como si fueran también.
La amistad no tiene prisa,
ni necesita promesas;
es una puerta perpetua
aunque tardes en volver.
Y cuando la vida pesa
y el camino se hace oscuro,
es saber que hay una estrella
que te acompaña de lejos.
Quizá por eso la amistad
sea el amor más sencillo:
no reclama, no encadena,
solo quiere estar contigo.
Y si un día, ya cansados,
nos sentamos frente al tiempo,
bastará con una sonrisa
para recordar lo nuestro.
Porque un amigo es aquel
que, sin saber la razón,
hace un poco más ligero
el peso del corazón.
Y quizá la amistad sea
esa manera de amar
que no necesita nada
solo estar y acompañar.