El Poeta del Asfalto
Poeta adicto al portal
A minutos del turismo y las luces,
cerraron las fábricas y volvimos al trueque:
cucarachas por desayuno,
y un muerto por un par de zapatillas.
La luz pega en un ángulo que me dice que es tarde.
Miradas que mejor no cruzarse,
vino y promesa de pelea.
Se pudren mentalidades,
el agua que nos cobran y tomamos está contaminada.
La muerte nos persigue como a todos,
la espera, nos carga de razones
La refinería de plomo
para que no despeguemos
aquí en Avellaneda.
No lo sabe nadie, parece,
a unos kilómetros,
en los despachos oficiales.
Me alejo unas cuadras al este de Avenida Mitre,
y veo irse muriendo a la esperanza,
arrastrando los pies,
por las calles hacia el Docke.
De acá para allá, una franja invisible:
la frontera del que ya se cayó del mapa,
y el que esta colgando del borde.
De pronto se acaba el asfalto,
todo enrejado,
perros y metal.
El muerto se ríe del degollado.
Como en una trinchera,
todos cuidan su hermoso montón de nada
en otra edición de la batalla del pobre contra el pobre.
Peces muertos en el agua estancada,
un olor picante en el aire,
que con el tiempo vas obviando.
Un matadero,
donde las reses podrían salvarse,
pero es muy caro.
Y la vida...
la vida no vale casi nada,
aquí en Dock Sud.
Quién nace aquí no lo entiende,
ni nadie se lo explica,
simplemente lo va aprendiendo.
Inalando marginación y olvido,
despidiéndose de sus dientes,
cambiando la dirección de su casa
para conseguir un trabajo.
Cambiando votos por promesas,
a su hijo por un fantasma con ojos,
o sus zapatillas por un navajazo,
a minutos del turismo y las luces.
(No quería mudarme de Avellaneda sin dedicarle un escrito.
Vuelvo a mi viejo barrio, pero igual, a pesar de los problemas, un recuerdo para su gente sufrida y trabajadora.
Un saludo,
arriba el barrio,
y todos pa´ adelante)
cerraron las fábricas y volvimos al trueque:
cucarachas por desayuno,
y un muerto por un par de zapatillas.
La luz pega en un ángulo que me dice que es tarde.
Miradas que mejor no cruzarse,
vino y promesa de pelea.
Se pudren mentalidades,
el agua que nos cobran y tomamos está contaminada.
La muerte nos persigue como a todos,
la espera, nos carga de razones
La refinería de plomo
para que no despeguemos
aquí en Avellaneda.
No lo sabe nadie, parece,
a unos kilómetros,
en los despachos oficiales.
Me alejo unas cuadras al este de Avenida Mitre,
y veo irse muriendo a la esperanza,
arrastrando los pies,
por las calles hacia el Docke.
De acá para allá, una franja invisible:
la frontera del que ya se cayó del mapa,
y el que esta colgando del borde.
De pronto se acaba el asfalto,
todo enrejado,
perros y metal.
El muerto se ríe del degollado.
Como en una trinchera,
todos cuidan su hermoso montón de nada
en otra edición de la batalla del pobre contra el pobre.
Peces muertos en el agua estancada,
un olor picante en el aire,
que con el tiempo vas obviando.
Un matadero,
donde las reses podrían salvarse,
pero es muy caro.
Y la vida...
la vida no vale casi nada,
aquí en Dock Sud.
Quién nace aquí no lo entiende,
ni nadie se lo explica,
simplemente lo va aprendiendo.
Inalando marginación y olvido,
despidiéndose de sus dientes,
cambiando la dirección de su casa
para conseguir un trabajo.
Cambiando votos por promesas,
a su hijo por un fantasma con ojos,
o sus zapatillas por un navajazo,
a minutos del turismo y las luces.
(No quería mudarme de Avellaneda sin dedicarle un escrito.
Vuelvo a mi viejo barrio, pero igual, a pesar de los problemas, un recuerdo para su gente sufrida y trabajadora.
Un saludo,
arriba el barrio,
y todos pa´ adelante)