Felipe Antonio Santorelli
Poeta que considera el portal su segunda casa
En un forcejeo inadmisible
se han convertido las neuronas...
Bailes astrales sobre limbos verdeados
con luces titilantes de fragua y discoteca,
se eximen de un rigor beligerante;
cuasi ambulante...
deambulante y vagabundo...
Taciturno;
en los más recónditos rincones del nocturno
ánimus, un mensajero
trajo hasta mí el secreto de las eras virginales,
el arcano de edades primigenias:
un trozo de big-bang
y su singularidad gravitatoria.
El todo lo tengo celosamente celado
dentro del escaparate;
en el bolsillo morboso de un blue-jean
manchado de coca-cola.
Lo devolveré al infinito
cuando se desvanezca el último mito
intransigente
de nuestra mente.
Hasta entonces: ¡nadie conocerá mi apocalipsis!
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se han convertido las neuronas...
Bailes astrales sobre limbos verdeados
con luces titilantes de fragua y discoteca,
se eximen de un rigor beligerante;
cuasi ambulante...
deambulante y vagabundo...
Taciturno;
en los más recónditos rincones del nocturno
ánimus, un mensajero
trajo hasta mí el secreto de las eras virginales,
el arcano de edades primigenias:
un trozo de big-bang
y su singularidad gravitatoria.
El todo lo tengo celosamente celado
dentro del escaparate;
en el bolsillo morboso de un blue-jean
manchado de coca-cola.
Lo devolveré al infinito
cuando se desvanezca el último mito
intransigente
de nuestra mente.
Hasta entonces: ¡nadie conocerá mi apocalipsis!
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