A Rosana.
Saberte mía
es no tener miedo a abrir los ojos
y despertar tranquilo con la certeza de que,
como el colchón bajo la espalda,
estarás acompañando mi fiaca.
Es caminar
descalzo de ideas, de mitos,
supuestos y tormentas,
con parsimonia de elefante
y con el apuro de la tarde
por alcanzar la luna.
Es acariciarte
como Piazzolla al bandoneón,
y a su ritmo bailen
la cortina y el viento.
Saberte mía,
atravesada, incrustada,
esculpida en mi confianza,
como un boleto de ida y vuelta
o una llave maestra.
Es reconocer en la propia voz
el embrujo, que desde adentro,
gracias a vos, se hace audible.
Es atrapar la suerte
y confinarla a lo bueno,
es someterse, rendirse,
esclavizarse,
por necesidad,
por elección,
por la enérgica satisfacción
de hacerlo porque sí.
Saberte mía,
desde antes y en adelante,
como si tal cosa
fuera un imposible,
una rareza, una reliquia.
Saberte mía,
con derechos de autor
sobre alguna de tus partes
pero sobre todos tus sentires.
Saberte mía,
de la forma más inspirada,
como el aire que te circunda
o como el arte de tu estética.
Y no es anormal tanta imprudencia,
de mi parte y de la tuya,
que yo te sepa tan mía,
que vos me dejes saberlo.