legendario
Poeta que considera el portal su segunda casa
Ella llegó a mí
por un azar del destino
y yo llegué a ella
quizá por eso mismo
Fue como un destello fugaz
en mi existencia
aunque su chispa por siempre
me haya enceguecido.
Era como el reflejo polar
de los nevados
y ávida como la arena del desierto.
Florecía cuando sonreía
y era un erial cuando lloraba.
Tenía voz angelical,
provocaba algarabías de edén
en la jarana;
era elocuente cuando hablaba
y hasta cuando callaba ella decía.
Ella rompió el compás
de mi equilibrio
y marcó sin quererlo
mi destino;
cómo olvidar sus labios de ambrosía
y sus glaucos ojos de mirar sombrío.
Amaba en silencio
y también a gritos.
En su corazón,
había un bohío
que guardaba historias
de amantes que fueron
dejando sus años marchitos.
Pero era tan fresca
como la mañana
que a la inspiración
la troca en suspiro.
Tuve tentaciones
de beberla toda
y de devorarla
pedazo a pedacito
(palmo a palmo,
centímetro a centímetro):
su piel encendida,
sus pechos divinos.
No puedo olvidarla;
el mismo destino
se interpuso aleve
entre el dulce idilio.
Ella aún convulsiona
mis sentidos,
con su voz cálida
y los dulces trinos
de aquella guitarra
con que compartimos
momentos alegres
que viven en mí,
aunque se hayan ido
por un azar del destino
y yo llegué a ella
quizá por eso mismo
Fue como un destello fugaz
en mi existencia
aunque su chispa por siempre
me haya enceguecido.
Era como el reflejo polar
de los nevados
y ávida como la arena del desierto.
Florecía cuando sonreía
y era un erial cuando lloraba.
Tenía voz angelical,
provocaba algarabías de edén
en la jarana;
era elocuente cuando hablaba
y hasta cuando callaba ella decía.
Ella rompió el compás
de mi equilibrio
y marcó sin quererlo
mi destino;
cómo olvidar sus labios de ambrosía
y sus glaucos ojos de mirar sombrío.
Amaba en silencio
y también a gritos.
En su corazón,
había un bohío
que guardaba historias
de amantes que fueron
dejando sus años marchitos.
Pero era tan fresca
como la mañana
que a la inspiración
la troca en suspiro.
Tuve tentaciones
de beberla toda
y de devorarla
pedazo a pedacito
(palmo a palmo,
centímetro a centímetro):
su piel encendida,
sus pechos divinos.
No puedo olvidarla;
el mismo destino
se interpuso aleve
entre el dulce idilio.
Ella aún convulsiona
mis sentidos,
con su voz cálida
y los dulces trinos
de aquella guitarra
con que compartimos
momentos alegres
que viven en mí,
aunque se hayan ido
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